Historia regional y local del Valle del Tuy

EL TERREMOTO DE CÚA

Por: Lucas Manzano

     Si un caraqueño de los tiempos pasados surgiera nuevamente a la vida y contemplara, a la vez que la suntuosidad de los salones de nuestro gran mundo elegante, la exquisitez y el buen tono que van adquiriendo las cosas en las horas presentes, pensaría que aún extiende su influencia bienhechora el viejo tiempo ido. Era, cuando numerosas orquestas desgranaban sus sonoridades en el ambiente avileño, mientras las doñas, decoradas con gemas de incalculable valor, y ataviadas con las telas más ricas que importaban “El Louvre” y “La Unión”, de París, daban motivos para que el hidalgo caballero andante exclamara a guisa de cumplido: “Caracas es el París de América”.

     Algo había de aquesto, porque desde los petimetres que lucían alborozados en las fiestas de tronío sus pecheras de encajes, cónsonas con el último grito de la moda, hasta el infortunado cuarterón que luchaba por abrirse camino a través de los escollos que le opuso el fanfarrón engreído que se durmió en sus laureles ante el recuerdo leyendario de su abuelo conquistador, todos luchaban por mantener un sello de gentileza en el suelo de la ciudad procera que les vio nacer.

Ruinas de la Iglesia de Cúa, Valles del Tuy después del Terremoto de 1878, Obra  de Cristóbal Rojas del año 1882.

     Asistir a uno de esos saraos con derecho a bailar o como simple espectador,   a quien si le franqueaban las puertas del bar no le dejaban, en cambio, manos libres en el “buffet”, era privilegio que los abuelos calificaban de “bajado del cielo”; pues cuando en la Casa Amarilla o en la residencia de Conde a Carmelitas, abrían los salones para dar rienda suelta a la alegría, la gente de alto coturno disponía, para calzarse los guantes,   cuando menos  de un par de lacayos.

     No menos de tres días transcurrían mientras el sol evaporaba de los trajes de riquísimo gris, y de las mantillas de encajes chantilly, el olor penetrante aspirado en las cajas de cedro, en las cuales depositaban las abuelas’ y las jóvenes los perifollos que lucían para imponer en los salones, aspecto nunca soñado, bajo el brillo rutilante de las gemas que por entonces representaban fortunas fabulosas.

    Por algo afirmaban los cronistas que quien vivía en la villa de Don Diego de Lozada, podría estar expuesto a que le destrozasen la epidermis en los cuchicheos de las solteronas; pero en cambio, gozaban tanto como el Rey Sol en los saraos del Trianón.

    Razones tenían los viejos para ponderar las cosas, pues grandes o chicas, las recepciones de los mantuanos, oscuras o turbias las calles de la ciudad y ocultas o a medio pulir las mozuelas del gran mundo, todo era cosa de la patria y como tal las aceptaban y las publicaban  los periódicos.

     Si había lucha de clases, también existía quien de cuando en vez llamaba a capítulo a los godos y los metía por una sola calle. Ese puédelotodo era nada menos que Dios, Comandante en Jefe del Cielo, el mar, el aire y la tierra.

    Obra suya, porque el Diablo no tiene poder para tanto, fué lo que ocurrió en el pueblo de Cúa en 1878. Componían el vecindario alemanes en mayoría, quienes haciendo valer su limpieza de sangre, se habían adueñado de los resortes necesarios para   imponer   su voluntad.

     Obstaculizaban al mismo gobierno, si no les enviaba un comisario albino y no había acto en el cual no dejaran ver los dientes. Ecos de estas cosas llegaban hasta la capital, cuyas autoridades se hacían la vista gorda dejando que cada quien hiciese cuanto le viniese en gana, con tal de que no intentasen arrebatarles el mando.

     Eso venía de atrás, pues cuando el venerable fraile Manuel de Alesón fundó en el año de 1690 el pueblo de Cúa, estuvo a punto de que los caciques le cortaran la cabeza. Decían éstos que el Misionero se interesaba en construir el caserío para atraerse los esclavos que se alzaron en las haciendas de Ocumare el año anterior, luego de darle a sus dueños tantas y tan merecidas palizas como pelos tuvieran en la cabeza. Fuéronse a la montaña, no ya como el negro Miguel cuando se rebeló contra sus dueños, y al formar gobierno hizo reina a su concubina la negra Guiomar a su hermano le colocó una mitra, porque un gobierno sin obispo es como un auto sin freno; y así anduvo hasta que el guapetón de Don Diego de Lozada le dio muerte. Los de Ocumare no eran así.

     Pacíficamente, lanza en ristre, por lo que pudiera acontecer, los ocumareños se adentraron en el monte hasta que el fraile los sacó de allí. Refieren las memorias de Fray de Alesón, que poco después de haber completado la fundación de Cúa, tuvo que ausentarse hacia Paracotos, pueblo que había él fundado el año anterior, para librarse de una tremenda conspiración tramada contra él por los caciques de las tribus Tumuces, Marasmas y Araizas, que tampoco le perdonaban el haberle quitado al pueblo el nombre indígena de Cúa, para bautizarle con el de: “El Rosario”.

     Cuando, en viaje a Ocumare iba el levita en su caballo cojo y el paraguas raleado, un fuerte temblor echó por tierra casas y templo; secó el río y sus manantiales afluentes,  y no dejó vivos animales ni gente.

   De los pocos sobrevivientes de aquella catástrofe, sólo quedaron para contar el cuento- don Carlos Blasco, con cuya amistad gozamos y a quien deseamos tantos años de vida como talentos él conserva en su ventripanzuda hucha.

     Al Padre Alesón le recordaban en Cúa; así, cuando los campesinos bajaban de las haciendas a recibir la paga, y luego de cruzarse de brazos ante sus dueños y besarles las manos en señal de respeto, íbanse a los tenduchines de la Plaza, donde el caporal tendía la cobija en la mesa, sacaba un par de dados “taqueados” o con las de perder por las cuatro caras, para que los peones dejasen cuanto habían ganado en la semana, sin que nadie protestase. Antes bien, era motivo de júbilo para los ignaros cuando, caballero en su potro pasitrotero, aparecía el hijo del señorito y en uno de esos gestos democráticos, que no escaseaban entonces, sacaba de la faltriquera las barajas que portaba y ante les alegres concurrentes, tallaba las tres cartas, regocijadamente, hasta quitarles los últimos centavos, sin peligro.

     Era cosa corriente en los pueblos; de tal suerte que el caso se repitió en la misma Cúa, en la histórica Semana Santa que había de celebrarse en abril de 1877, cuando el Padre Manuel María Céspedes, oscuro de color y párroco de aquel cantón, desfilaba por la plaza del pueblo con rumbo a la casona de la piadosa señora María Mariposa   a quien debía entregarle el   (ojo, ojo).

     Al entrar en la plazoleta, bajo el bullicio de ventorrillos de arepa con sardinas, chica, amargo de torco contra el pasmo, mal de amores y las bubas; de las jugadas públicas auspiciadas por elementos extranjeros, escapáronse griticos que hicieron detener al presbítero, quien reclamó, aunque en tono humilde, el respeto a que tenía derecho por el Ministerio que ejercía y cuanto había hecho en beneficio del Templo y la ciudad. Pero el bochinche crecía,   al extremo de haber tenido el levita que refugiarse en la iglesia; y creyendo darle paso a lo ocurrido, invitó a los católicos para que le acompañasen a cubrir los santos, a comienzo como estaban, de la Semana de Pasión. Pero respondiéronle en sus propias barbas, que no estaban dispuestos a tapar santos oscuros, ni a secundar al negro en la tapadera de las imágenes. Esto no fué tan grave, aunque hirió en lo profundo al anciano sacerdote, como lo que ocurrió al día  siguiente,   martes,  y  Santo,  por añadidura.

     Aprestábase el Padre Céspedes a celebrar la misa; el templo estaba totalmente invadido por la multitud entre quienes seguramente había creyentes de buena fe; el resto iba por hacer lo que los chupacirios llaman “morcilla para el diablo”: Delicioso trajín que consistía en prender los camisones de las viejas con alfileres de nodrizas; en regar el suelo de clavitos -con arena para gozar de los efectos por ello ocasionados a los creyentes que solían arrodillarse en el rudo suelo, o tocarse de codo para combinar “algo”, después de cumplir con Dios.

     Cuando el Padre alzaba para descubrir el vaso y escanciar el vino, saltó de su interior una cobra, de padre y muy señor nuestro, que por un tris le clava los colmillos en las manos.

     El levita, aunque muerto de pavor ante aquel sacrilegio, no interrumpió los oficios. En ese instante (según le confesó años después a sus amigos), hizo un ruego a Dios para que los culpables le confesasen su crimen. Fué obra divina cuando, concluida la misa y retirados los concurrentes, notó la presencia de una pareja indígena que se avalanzaba hacia él y luego de rogarle que les perdonase, confesáronle que por instigación de los extranjeros habían puesto en el vaso aquella serpiente, con la ayuda del monacillo, hijo de un extranjero corsario.

   Al día siguiente, Miércoles Santo, cuando el padre cura luego de recoger sus cosas salió del pueblo, y en el sitio por entonces conocido con el nombre de “La Cruz Verde”, maldijo al pueblo, y sacudió las sandalias en señal de que no deseaba llevar ni el polvo de éste, guió sus pasos hacia Caracas.

   Minutos después, un fuerte terremoto arrasó el templo y las casas todas, cubrió totalmente el cauce de los ríos, y destruyó íntegramente el pueblo de Cúa.

    Tal vez, lector, no crees en milagros ni en aparecidos; y tu razón tendrás, pero aquello sucedió y la tradición lo pinta con estos mismos colores.

Tomado del Libro: CARACAS DE MIL Y PICO de Lucas Manzano, año 1943.

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