Historia regional y local del Valle del Tuy

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Las viejas pulperías de mi pueblo.

Por: Manuel V. Monasterios G.

Calles de Cúa, carboncillo.

     Las crónicas y los historiadores han sido un poco mezquinos al describir el origen, la fundación y el crecimiento de nuestras ciudades y pueblos, colocando en lugar muy oculto, tal como si fuese pecado hablar de las pulperías y los pulperos. La verdad es que en un pueblo podían que pasar años para construir el templo, la casa de gobierno, la cárcel y el hospital, pero desde el primer día estaba el pulpero como centro económico de la nueva ciudad, para garantizarle a la comunidad el suministro de los comestibles y el estipendio de alcoholes a la nueva población.

Anuncio Publicitario, Semanario Cué 1932.

Anuncio Publicitario en RETO 70 año 1970.

     Los hidalgos que llegaron de la madre patria consideraban el trabajo en general como una actividad impropia de su condición aristocrática. Un caballero español, un noble aunque fuese de baja categoría jamás se podría dedicar a profesiones reservadas a las clases bajas. Pulpero, médico, artesano, agricultor no eran las profesiones de los “hijos de alguien” o hidalgos. Ellos podían pertenecer a Las Milicias de Blancos, hacerse curas o letrados en leyes. Para los trabajos manuales estaban los esclavos. Para la pulpería llegaban los canarios (Nativos de la islas Canarias). Eran los isleños los pulperos, los mayordomos de las haciendas cacaoteras, los arrieros que llevaban y traían mercancías. Eran los cosecheros medianeros. Los fundadores de pueblos. Los Tenientes de Justicia. Jueces de Comisos, como Juan Francisco de León, canario fundador de Panaquire, en la región de Barlovento y cabeza visible del alzamiento de hacendados y cosecheros contra el monopolio impuesto por la Real Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII.

     F. Depons, viajero francés, investigador y cronista nos describe la pulpería caraqueña de comienzos del siglo XIX:”Su surtido consiste en cerámica, quincalla barata, herramientas, vinos, azúcar, jamón, grasas, frutos secos, queso, tafia, etc. Sobre otras tiendas tiene la ventaja de no estar obligadas a cerrar los días de fiesta y los domingos. Son tan necesarias que hay que tenerlas abiertas desde el alba hasta las nueve de la noche. (….)Para no engañarse, no hay objeto que se venda con menos del ciento por ciento de beneficio, a menudo el doble o el triple. Es así, a costa de detalles desagradables y penosos como se  echan las bases de fortunas que no se dan en ningún otro oficio”.

Imagen de La Azucena la casa comercial más antigua de Cúa.

Esta publicidad aparecida en el primer periódico de Cúa el “Semanario Cué” data de 1933.

     Las grandes fortunas amasadas durante el período colonial están atadas a la producción de cacao y añil con la explotación mano de obra esclava y a la venta de mercancías a través de  las pulperías y tiendas. Los” grandes cacaos” o los mantuanos eran propietarios de estos expendios de mercancías, pero tenían prohibido atenderlas, para lo cual siempre contaban con los emigrantes canarios. Éstos casi siempre terminaban montando pulpería propia. En la historia colonial hay casos muy interesantes como el terorense (Gran Canaria) Don Bernardo Rodríguez del Toro ( Primer Marqués) quien además de gran hacendado, era mercader importador y exportador, armador propietario de barcos mercantes y propietario de una cadena de pulperías y tiendas en las principales ciudades del país. Todas atendidas por sus paisanos. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte, el padre de Simón Bolívar, era propietario en el puerto de la Guaira, específicamente en el callejón Muchinga, detrás de la casa de Compañía Guipuzcoana de varios almacenes para surtir de mercancía importada el comercio caraqueño, además de ejercer el cargo de oficial real (Agente aduanero para controlar el contrabando).

     Muy conocido es el caso del canario Don Sebastián Francisco de Miranda, portuense (Puerto de la Cruz), padre del Precursor Generalísimo Don Francisco de Miranda, quien era un mercader con una tienda de géneros alternada con víveres, se le acusa de indigno de portar el uniforme y distintivos de la Milicias de Blancos, por su condición de pulpero y amasador de pan (Panadero). La sociedad colonial era totalmente estamentaria, muy rígida en los usos sociales.

Por decisión del Consejo de Indias, el 20 de diciembre de 1804 estableció la diferencia entre bodegueros y pulperos, considerando que la bodega se dedica a las mercancías importadas  (Mayoreo). Los pulperos estaban en el último escalafón de la sociedad colonial venezolana.

     La Independencia nacional, en los primeros años de gran violencia, tuvo como protagonistas algunos pulperos que cambiaron el mostrador por las armas. José Tomás Boves, fue un exitoso comerciante radicado en Calabozo. Francisco Rosete, el azote de Ocumare del Tuy en el pavoroso año de 1814, era un aventajado pulpero en el pueblo de Taguay.  El General Ezequiel Zamora, máximo caudillo militar de la Guerra Federal en 1859, también fue un próspero pulpero de Villa de Cura.

     La pulpería durante el siglo XIX y parte del siglo XX era el alma de las comunidades, allí lo mismo se vendía una libra de tasajo, o un kilo de queso; se discutía del último alzamiento de algún caudillo colorado o azul; se leía la prensa nacional; se prestaba dinero a interés; se jugaba en la trastienda una partida de dominó, de blanco y negro; se jugaba  a los gallos de pelea, o se apostaba al boche clavado en el anexo campo de bolas criollas. Es cierto que su actividad era machista, las damas debían estar en su casa y jamás pisar esos “clubes masculinos” llamados pulperías. Generalmente el padre de familia era el encargado de realizar las compras personalmente. Las muchachas del servicio también realizaban las compras y recibían los bonos, cartoncitos donde se marcaban los gastos hechos, por ejemplo si se gastaba un bolívar se le anotaba un bono de seis céntimos. Estos bonos se cambiaban por efectivo, también se gastaban en la misma pulpería. A los muchachos que también hacían los mandados se les daba la ñapa, la cual podía ser un caramelo, “rule” como le decían al papelón, o San Simón que era papelón con queso blanco llanero.

Publicidad año 1932 Primera venta de gasolina que funcionó en Cúa (Los Corrales).

Publicidad  Reto 70 año 1969.

     En las pulperías se fiaba a algunas personas que trabajaban y cobraban semanal o quincenal, religiosamente los sábados o el fin de quincena se cancelaba, porque si no le cortaban el crédito. El “fiao” se aplicaba a personas selectas, en todas las pulperías había letreros muy grandes, aunque mucha gente no sabía leer, que confirmaban la acción del fiar o no.

Algunos de estos letreros afirmaban:

Aquí murió el fiar /y el prestar también murió /Porque lo ayudó/a morir el mal pagar.

Otro impreso decía en letras grandes y negras:

Si fío pierdo lo mío/ Si cobro, al cobrar molesto/ y para librarme de esto/Ni fío, ni doy, ni presto.

Hoy no fío, mañana, sí.

.- El que fía no está, salió a cobrar.

.- Sólo confiamos en Dios los demás pagan de contado.

.- El que fiaba murió  saludos le dejó.

.- Sólo le fiamos a los mayores de cien años que traigan a sus abuelos como fiadores.

    El clásico de todos los avisos una policromía, por el vestuario se podía deducir que eran norteamericanos. El cuadro generalmente enmarcado con veradas de caña amarga, dividido por la mitad, del lado izquierdo un personaje arruinado, flaco, con ropas roídas, las manos en la cabeza, rodeado de ratas y papeles, con la caja fuerte vacía y el letras arqueadas las palabras: “Yo vendí a Credito” y del lado derecho un personaje gordo , bien vestido, reflejando bonanza, con la caja de caudales llena que decía:” Yo vendí al contado”.

     Este cromo impreso a color debe haber influido mucho en el inconsciente colectivo del venezolano. El estereotipo del triunfador y del fracasado por el manejo adecuado del “fiao” o venta a crédito. En esos años se usaban poco los bancos, todas las operaciones se realizaba con moneda de curso legal. Nadie emitía un cheque, eran más aceptados los vales, los pagarés y los giros para operaciones de mayor cuantía. 

     La mejor ubicación de las pulperías era en las esquinas de la cuadra, porque tenían tres o cuatro puertas por el frente y una por la esquina. El mostrador de madera ocupaba todo lo ancho, dejando un espacio para los clientes, en los andenes, generalmente de ladrillo se habían  adosado unas argollas donde se amarraban los burros y las mulas, utilizados como transporte de mercancias, al final del día había un muchacho encargado de recoger los cagajones que dejaban las bestias.

    Contra la pared estaban las armaduras de madera donde se colocaban en orden pre-establecido gran parte de la mercancia. Papelones, botellas de ron, aguardiente legal, pues el de contrabando estaba en una caleta, cerveza, anis del mono,, vino tinto. Había en la armadura un departamento especial para las velas, unas eran de cera y otras de cebo, estas últimas estaban colgadas en un especie de racimo. Al lado los mazos y las cajetillas de cigarrillo, los tabacos artesanales, junto al papel de escribir, los sobres, los lápices,las plumas, las plumillas, la tinta, entre otros.

La bodega del Señor Delpiani en La Magdalena, Una reliquia y una añoranza de otras épocas.

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PULPERÍAS Y PULPEROS DE CHARALLAVE

Por: Fermín Luque Olivo

“Muchos de esas viejas y antiguas casas comerciales de Charallave han resistido el embate de los tiempos modernos”.

     La inmigración europea que acabó con casi todas las pulperías citadinas y provincianas de nuestro país, al traernos los grandes abastos y supermercados, en Charallave, pese a su creciente desarrollo experimentado a partir de los años setenta, en diversos sectores locales perduran las antiguas bodegas o pulperías, que a muchas de ellas llamaban despectivamente “ratoneras”. Y con razón, porque en la mayoría de ellas casi nunca faltaba un gato durmiendo sobre un extremo del mostrador o sobre la silla forrada en cuero de chico en la que se arrellanaba el dueño o encargado del negocio.

     Detrás de esos desvencijados mostradores, donde los cambures maduraban en toneles de madera con carburo, se expendían caramelos y se daban “ñapas” de queso y papelón por cada compra al detal; se encontraban unos personajes de singular estampa y reputación.

     En muchas de esas pequeñas casas comerciales se apreciaba el tradicional y cursilísimo cartelito donde se leía, al igual que en muchos negocios de nuestros días: “Hoy no fío, mañana sí”.

ENTRE LAS MAS ANTIGUAS

     Existen referencias de una pulpería denominada “Parapara” que funcionaba para el año 1835, en el sitio del mismo nombre, ubicada en la ruta que el antiguo camino de recuas que unía a Caracas con Charallave; y que pasando por El Valle, La Cortada de El Guayabo, Maitana, Los Anaucos, bajaba por Caiza y luego subía al lugar denominado “Parapara” en Las Brisas del Tuy., donde estaba la pulpería y de allí seguía por Tierra Blanca hasta caer en una de las entradas principales de Charallave, situadas en el sector El Placer. (*).

     También se hace referencia de la pulpería “El Banquillo” situada cerca del puente a la entrada de Charallave, fundada en el siglo XIX, y la que supuestamente perteneció al indio realista Dionisio Cisneros, conocido como “El Bandido Cisneros”, quien asaltó en varias oportunidades, a sangre y fuego, estos pueblos de Los Valles del Tuy, al grito traicionero de “En nombre de Dios y del Rey”, hasta que lo fusilaron en la Plaza principal de Villa de Cura, el día 13 de Enero de 1847.

    Esta pulpería la tenía “El bandido Cisneros” en sociedad con el también defensor de la causa realista Vicentico González, donde el temible guerrillero se abastecía de armas, municiones, pólvora y aguardiente.

     Algunos historiadores afirman que una rama del apellido Cisneros de Charallave son descendientes de este connotado realista nativo de Baruta, cuya mujer había sido raptada en este pueblo; así como también se dice que la esposa del extinto y siempre recordado Don Ramón Figuera, hermano del músico Aquiles Figuera, era descendiente del Indio Cisneros.

LAS VIEJAS PULPERIAS

    Entre esas antiguas pulperías se recuerdan además “La Estación” de Samuelito Arocha; y “Las Brisas del Tuy” perteneciente a Antonio Burgos, situada en el sitio de “El Brinco” (hoy Calle 13, Luis Eduardo Egui); “La Central” de quien fuera Juez del pueblo durante varios años, Luis Beltrán Guerra, la cual estaba ubicada donde actualmente funciona “Licochara” en la esquina

(*) Ver Anuario de Caracas, 1835. En Sección de Amigos del País. T.l. pags. 265 y 273).

     Que forman la Av.3 Bolívar y la Calle “Gustavo Farrera-, en el lugar que hasta los años sesenta se denominó “La Cueva del Sapo”, donde además funcionaba el Restaurante de Manuel Castro y la fábrica de adobes de Vicente Ferráez.

     En la Calle Atrás o La Estación estaba la pulpería “El Porvenir” de Lázaro Castro; y “El Parnaso” de Emilio Higuera, padre de Rafael Emilio y Dimas Higuera, que estuvo ubicada casi al frente donde se construyó el Salón Parroquial durante la administración regional del gobernador Alberto Silva Guillen en el período 1962-1964.

    En esta misma calle, cruce con el boulevard “Evencio Gámez”, donde funciona actualmente la panadería “La Marqueseña”, en el mismo lugar que sirvió de residencia de la familia de don Eladio Vargas, abuelo del doctor Arnaldo Arocha, funcionó la célebre panadería de don Jesús María Guzmán, desde donde salían los repartos a domicilio de todos sus productos hacia los barios y caseríos circundantes. Por lo que observamos este sitio estuvo destinado al funcionamiento de una panadería.

     La bodega, tienda, pesa o carnicería e Aureliano Lamónt, situada en la esquina de la Calle “Zamora”, adyacente al lugar donde hoy se levanta el edificio del Banco Consolidado o Corp Banca, la misma calle que en nuestros días llamaron “La Calle del hambre”.

    También existía la pulpería de Francisco Beltrán y su madre doña Concha, que estaba ubicada en la esquina sur del célebre bar-restaurante “El Demócrata” que fundó el canario Antonio Díaz, y que más tarde heredaron sus hijos Antonio, Francisco (“Paco”) y Fernando. Actualmente allí construyeron el edificio de Locatel.

    La bodega de Antonio Mora en el Pueblo Abajo y la de Genaro Macero en la esquina de la Calle 12-Sucre, con la Av.3-Bolívar, donde se expendían víveres, mercancías secas y quesadillas; así como la de Genaro Macero, en Barrialíto.

    La pulpería de Gregorio Arocha; la Romana de Rafael Guerra, que estaba situada en el lugar donde hoy se levanta el edificio “El Samán”, frente a la Ferretería Regional de José Antonio Plasencia y Juan García Ortíz, entre la Av. 3 Bolívar y la Calle “Dr. José Gregorio Hernández”.

    La Posada y Restaurant de Carlos Carvallo, padre de Porcalia de Pérez, la cual estuvo en el sitio que ocupó el Banco Maracaibo, (hoy convertido en Oficinas del Seniat) formando parte del Conjunto Comercial-Residencial “Don Alejandro” en la esquina noroeste que forman la Av.3-Bolívar y la Calle “Ricaurte”.

OTRAS VIEJAS PULPERIAS

    Otra de las viejas pulperías de nuestro pueblo fue la que perteneció al bigotudo Benigno Fuentes, en la que colgaba a su entrada un letrero donde se leía:  “si quieres tranquilidad habita el campo”. Era un convencido ecologista.

    También de aquél ayer charallavense, pueblo gentil, sencillo, habitado por gente laboriosa, que se extendía sobre una calle polvorienta, con su plaza íntima de tímidos faroles; fueron las pulperías de José Vicente Blanco, la de Pedro Fuentes, Chucho Matute, Teodoro Martínez y la célebre dulcería de Misia Panchita Fusperguez, así como la de “La Esperanza en Dios es la Vida” del señor Valerio López (“Valerito”) que después perteneció a Eduardo Granadillo y la que luego heredó su hijo Eloy Granadillo, la cual estaba ubicada en la esquina noroeste de la Plaza Vieja o Plaza Páez, y que funcionó hasta bien entrados los años sesenta.

    En el sector Lomas de Alvarenga existió la bodega y pesa de carnes perteneciente a Policarpo Arocha y la de Antonio Jesús Castro, que también tenía servicio de restaurant; y en el sector El Placer estaba la bodega, botiquín, restaurant, hospedaje y ranchería de Alejandro Acosta, en esa casa de largos corredores que aún hoy apreciamos lo que de ella queda: su fachada, y que era también algo así como un moderno minicentro comercial, con la diferencia que al frente no tenía espacio para estacionamiento de vehículos, sino argollas de hierro empotradas en la acera para amarrar los burros, yeguas y caballos que le servían de transporte a su clientela.

    También recordamos las bodegas de Marcos Otamendi y la de Oscar Arocha. La bodega y bar “La Atarraya” de José Vicente Blanco que luego fue de Alejandro “Curvita” Luque, el célebre picher del “Charallave B.B.C.” y que funcionó hasta los años sesenta en una de las cuatro esquinas del centro del pueblo y que su costado sur tenía frente hacia la Plaza Bolívar, en el sitio donde actualmente se encuentran el bar-restaurant “Va y Viene” y la panadería y pastelería “Chara”.    

    No hay que olvidar la pulpería y tienda de de Fernando Fusperguez; el botiquín “La Aurora” de Vicente Egui que ocupaba el inmueble donde funcionó por muchos años la Librería y Bazar “Charallave” de Viviano Cisneros (Rasputín), frente a la Plaza Bolívar (lado sur); las bodegas de Amalia Martínez y “La Barrialito” de Ildefonso Díaz (Av.3-Bolívar, cruce con la Calle 13-Luis Eduardo Egui) donde tenía María Jiménez de Díaz su manicería y dulcería criolla, así como la bodega de Genaro Macero; en el mismo lugar que hoy ocupa “La Criollita” que fundó con sudor, tesón y muchos sacrificios el inolvidable amigo George Nahlous.

    En el Pueblo Abajo también funcionaron las pulperías de Rufino Figuera, Carlos Pérez; la panadería de Guillermo Pérez; y el bar-restaurant y hospedaje “Súcua” de Dolores Hernández de Arocha, madre de don Benjamín, Esperanza, Abilio y Elías Arocha.

    Al lado de estos pintorescos negocios funcionaban además las tiendas “La Moda” de Miguel Fleján: “La Nueva Roma” de Clemente Del Vecchio (musiu Clemente); y la competencia que le montó Antonio Del Vecchio (musiu Antonio); y la de José María Pérez, ubicadas en las cuatro esquinas de la Plaza Bolívar, donde estuvo también, hasta la década de los años cuarenta, la bodega y guarapería de Alfredo Herrera, en la que según su dueño había de todo pese a que su estantería siempre estaba vacía. Pero, cuál era el secreto? Cuando los clientes llegaban y pedían -por ejemplo- una locha de sal en grano; Alfredo salía por la puerta trasera de la bodega y la buscaba en las pulperías cercanas. El nunca llegó a decir que no tenía tal o cual producto. Actualmente funciona en dicho lugar la tasca y restaurant “Santa Rosa”.

    En las cuatro esquinas también estuvo la pulpería de Pedrito Oropeza; la moderna construcción que en 1917 inauguró Gabriel Fusperguez, y que actualmente podemos admirar al lado sur donde se levanta el edificio municipal; así como la pulpería que perteneció a Magdaleno Castro, situada frente a la Plaza Bolívar. Y lo que no podía faltar, el bar del coronel Borges y el botiquín, restaurant y hospedaje, bomba de gasolina y garaje “El Oasis” de Querubín Guzmán, en la calle Real, hoy A.3-Bolívar.

    Otros establecimientos de grata recordación eran las talabarterías de Nicolás Egui, Vicente Egui y Rafael Lovera, convertidas en centros de tertulias históricas y literarias.

    La alpargaterías de Matías Serrano, Francisco Martínez, Anamín Fuentes y Rafael Lovera; la carpintería de bancos y cepillos de Carlos Lovera; la trilladora de café de Eladio Vargas, abuelo del doctor Arnaldo Arocha Vargas; la botica “Vargas” de don Chucho Arocha Egui, cuñado de Don Rómulo Gallegos; las barberías de Vicente Blanco y la de Erasmo “El Rápido” Muñoz; así como las estaciones de servicio o gasolineras pertenecientes a Fernando y Luis Fusperguez, la de Querubín Guzmán y la de los hermanos Pedro Antonio y Víctor “Nene) Manuel Arocha.

    Una de las más famosas pulperías fueron las de Juan Chiquín, en la esquina de las avenidas 15-Francisco de Miranda y la Calle Atrás o La Estación, hoy Francisco Tosta García.

TIEMPOS QUE NO VOLVERÁN

    En estas pulperías se expendían velas de sebo, kerosene, tabaco en rama, ajo, pescado salado, manteca de cochino, cambures, papelón, queso blanco duro, caráotas, maíz, huevos, alpargatas, jabón, melcochas, caramelos, pastas, comino, café, nepe, sombreros de cogollo, sardinas y catalinas; y alguna que otra pulpería vendían artículos de lujo como -por ejemplo- el Ponche Crema de Eliodoro González P., talcos Mennen y polvo Sonrisas , las lociones Flor de Amor, Majestic, Gloria de París y la Royal Begonia; mientras que las brillantinas eran la Roger & Gallet, la Violet y Palmolive; cigarrillos Alfa y Negro Primero, Avena Quaker y harina lacteada Nestlé, las cremas dentales Kolynos y Colgate, chocolate El Indio, Creolina, ceras para pulir pisos Jhonson, Jamón Premiun, Jabón Las Llaves, Insecticida Flit, Sal de Fruta Eno, Glostora, Brylcreem, máqinas y hojas de afeitar Genn, entre muchísimos otros productos que comenzaban a invadir el mercado nacional.

    Y las ofertas como en los mercados libres: carne de res (pulpa, costilla o ganso), y chuletas de cochino, a 2,oo Bs., el kilo; caráotas negras, a Bs., 0,50 el kilo; huevos a 8 por bolívar; queso blanco duro, a Bs., 1,20 el kilo; plátanos a 12 por bolívar. En la pulpería de Alfredo Herrera tenía un tonel de madera lleno cambures. Cuando alguna persona le pedía medio (Bs.,0,25) de cambures, él decía “coma y llévese los que pueda en una mano”.

    En aquellas viejas balanzas marca “Toledo” pesaban la mercancía; y los pulperos en recompensa por la compra otorgaban las célebres “ñapas” consistentes en trozos de papelón y queso, que después suplantaron por tickes numerados del 1 al 20, que una vez perforados en su totalidad se cambiaban por otras mercancías o por un bolívar en efectivo.

    La estampa de aquellos pulperos se ha perdido en estos tiempos de plásticos e internet. Sin embargo queda vivo el recuerdo de una época en la que sus habitantes no eran víctimas del IVA y la inflación, la inseguridad y la más descarada especulación que fustiga en nuestros días.

    En La Magdalena nos queda la vieja pulpería de Don Crispín Delpiani, para recordar tiempos que no volverán.

El uso de las fichas como monedas, en las haciendas del Tuy. (del Siglo XVIII al XX)

Por: Manuel V. Monasterios G.

Ficha de Hacienda.

     El intercambio comercial en los siglos XVI y XVII se fundamentó básicamente en el trueque (Intercambio de productos). La falta de monedas obligaba a cambiar harina por marranos, tabaco y maíz por mulas, huevos, gallina y café por plátanos. La habilidad comercial de los productores y la necesidad estableció por largos años esta primitiva modalidad  de permuta prehistórica. También se utilizaron metales como el oro, la plata y gracias a la extracción de perlas, en Cubagua, éstas ocuparon el lugar de los inexistentes doblones, centavos o cobres como se les denominaba a las monedas en aquellos lejanos años de la conquista.

     Con la llegada de la Compañía Guipuzcoana a la Provincia de Venezuela, primera mitad del XVIII, se introdujo la moneda o peso macuquino. El intercambio comercial con el puerto de Veracruz (México) implantó ingentes cantidades de macuquinos, los cuales llenaban las cajas de caudales y las alforjas de los “mantuanos”, dueños de las grandes plantaciones de cacao. Esta riqueza o  “Bonanza cacaotera”, propicia la fundación y consolidación de los pueblos del Tuy. Los amos de tierras y esclavos tenían excedentes económicos, procedentes de la venta de cacao, podían disponer del dinero necesario para contratar con Iglesia compromisos de capellanías, censos y parroquias.

Ficha de Hacienda, valor Medio Palito.

     En las  últimas décadas del siglo XVIII aparecen por primera vez en las haciendas del Tuy, la ficha acuñada en cobre, plomo o latón, con un valor de ¼ y ½ real para cancelar el trabajo de los primeros libertos que contratados en condición de peones asalariados. Es importante subrayar que la utilización generalizada de las fichas en las haciendas, se debió a la abolición de la esclavitud, durante el gobierno del General José Gregorio Monagas (1854). Los amos tenían que pagar un salario a los antiguos esclavos, ahora en condición de hombres libres. No había disponibilidad de dinero suficiente en circulación, aunque se acuñaron los famosos centavos negros o “Monagueros”. Lo cual propició el florecimiento de un sistema de control feudal, donde el trabajador recibía por sus labores unas fichas, en sustitución del dinero, cuyo valor de intercambio se limitaba a la pulpería, propiedad de la hacienda. En ese negocio, generalmente ubicado dentro de los linderos de la finca, vendía los productos que se consideraban necesarios para el consumo del peonaje. Estos trabajadores no tenían la posibilidad de comparar en otra pulpería. Los precios de los productos los establecía el amo de la hacienda. Todo este régimen económico-social configuraba un sistema de control y explotación humana, muy parecido a la esclavitud.

Centavo Monaguero o Centavo Negro.

     Las fichas las mandaba a acuñar el amo de hacienda, generalmente en cobre o bronce, llevaban el nombre de  la propiedad, algún signo o símbolo, el año de emisión y el valor. Las haciendas de café entregaban fichas representadas en valor de almud o fanegas, de acuerdo a la cantidad de café que recogían. Si era caña de azúcar, representaba el valor del trabajo de tumbar la caña. Entre las haciendas más recordadas por este régimen, el cual estuvo vigente hasta el gobierno del General López Contreras (1935-41). La gran posesión Mendoza ( Hoy Colonia Mendoza), Piñango ( Yare), Quebrada Honda ( Cúa),  Mopia (Santa Teresa), El Volcán (Santa Lucía), Tazón ( Cúa ), Marín ( Cúa), El Yagual ( Cúa), San José ( Cúa), Monterola (Ocumare del Tuy), La Magdalena ( Charallave).

Pulpería en Venezuela.

     La pulpería o “tienda de raya” como también se le denominaba, porque la firma del peón, en los libros de cuentas de la pulpería era una raya, pues en su totalidad eran analfabetas. Este sistema de “autonomía endógena”, le permitía al amo “Despacharse y darse los vueltos”, la hacienda tenía un poder total sobre la vida y bienes de la peonada ya que en su pulpería  se vendía  el aguardiente producido en el alambique de la finca, esto ocasionaba que generalmente el domingo el peón terminaba borracho y endeudado. También se vendía el papelón, el café, la caraota, el arroz, la sal, la carne salada o salpresa, el Kerosene, los fósforos, el queso blanco llanero, el pescado seco para la Semana Santa, la tela de zaraza y el liencillo, las agujas y el hilo de coser, no podía faltar el tabaco en rama, el chimó, el cigarro en mazo, velas de cebo, aceite de tártago para purgar a los muchachos, la manteca de cochino para freír, sombreros, alpargatas y las botas de vaqueta, calderos y ollas de barro.

     Habitualmente al lado de la pulpería de la hacienda funcionaba la cancha de bolas criollas y en algunos sitios  una gallera, mesas de blanco y negro o batea (Juego de azar), con estos divertimentos se cerraban el circuito económico  de explotación, se determinaba cual era el “consumo necesario” del peonaje y se les mantenía anclados a su unidad de trabajo.

Ficha de Hacienda El Trompillo 50 céntimos.

     Esta estructura económico-social se mantuvo  hasta la muerte del general Juan V. Gómez y sólo se superó en 1945 con la llegada al poder del gobierno cívico-militar de la Junta Revolucionaria de Gobierno, presidida por Don Rómulo Betancourt. Ese año el campesino enfeudado inició el éxodo y el desarraigo, se mudaban masivamente a los cerros caraqueños, dando origen a los círculos de pobreza y al país marginal, situación económico-social que no hemos podido superar hasta hoy.

     Es muy importante que las nuevas generaciones estén enteradas que hace apenas 70 años, así era la vida en estos valles, esa imagen bucólica de ensoñación que muchas veces se trasmite en las crónicas, hablando de lo hermoso que eran los trapiches papeloneros del Tuy, olvida las relaciones laborales y las condiciones de explotación que padecían los campesinos tuyeros.