Historia regional y local del Valle del Tuy

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MAURICIO (poemario de Francisco Cádiz)

     Presentamos en esta entrega el libro de Francisco Cádiz titulado Mauricio un poemario inspirado en una de las leyendas con más arraigo en los Valles del Tuy, se pierde en el tiempo y la distancia el origen de esta leyenda, sincretizada por algunos con la historia del Valle, por otros con Dionisio Cisneros o con los Aborígenes Quiriquires, pero siempre llena de magia que protege y resguarda los animales, los ríos, las plantas a la naturaleza, mensaje muy valido en estos días de alto crecimiento demográfico y poca preservación de lo natural.

      La leyenda tuyera de Mauricio, el encanto, data de más de siglo y medio aproximadamente, porque personas ya fallecidas como mi abuela y otras que a estas alturas tuvieran ciento veinticinco años, hablaban ya de esta historia. Ella decía que Mauricio fue detenido por intriga, que compraba casi todos los artículos menos sal y que él le advirtió al jefe civil que si no lo ponía lo más pronto en libertad, él sería responsable de lo que pudiera pasar, y estando toda la mañana y parte de la tarde con buen tiempo, cerca de las tres de la tarde empezó a oscurecer, y dicen que hubo rayos, truenos y centellas en el pueblo de Ocumare del Tuy, epicentro de esta leyenda.

     El jefe civil, viendo lo que estaba pasando, exclamó “¡suelten a ese hombre porque nos vamos a ahogar!”, y dicen que al momento de salir, el diluvio cesó. Él se suponía, al igual que los aldeanos y residentes, que el preso era el encanto de Mauricio. Por averiguaciones que he hecho, la primera información fue que Mauricio venía con arreo de mulas cargadas, y al pisar el río, desapareció con la carga y los animales y no lo volvieron a ver sino mucho tiempo después, un día que regresó al pueblo a comprar. Otros dicen que se fue a bañar al pozo de La Guamita y encontró a una mujer muy linda que lo invito a que se bañaran juntos. Ella le estiró la mano, entraron al pozo y allí desapareció.

        Acá lo dejamos para su disfrute y reflexión:

Poemario de Francisco Cádiz MauricioPulse acá para descargar el Poemario de Francisco Cádiz “Mauricio”

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MAURICIO

Por: Isaac Morales Fernández

(Basado en un cuento popular tuyero)

     El niño abraza a su madre, pero es un abrazo extraño. La temperatura del niño es extraña, es un poco fría. La madre llora con confusión, pasa la mano por su rostro con énfasis, le pregunta dónde ha estado. Lo ve pálido. Su mirada tiene algo.

     Cada vez que su madre lo enviaba a buscar agua en el río, el sentía unas ganas tremendas de entrar en la cueva. La entrada tiene la  forma de una hermosa mujer con un largo vestido negro. Atrás quedó el pueblo y su algarabía inentendible. Mauricio siempre se ha sentido incómodo entre el gentío, por ello adentrarse en el monte ha sido desde muy pequeño su mayor divertimento, y siempre tuvo deseos de entrar en la cueva. Sube el peñasco con dificultad pero con firmeza. Finalmente está en la entrada. Escucha los ruidos que hacen los murciélagos mientras duermen.

     La madre introduce al niño rápidamente en la casa. Mauricio le dice que estaba estudiando. La madre lo acusa de mentiroso mientras atraviesan la puerta. Una vez en el cuarto del jovencito, su madre empieza a quitarle las ropas sucias de pantano y polvo. En los pantalones tiene múltiples cadillos que le quedaron adheridos a la ropa desde hace tres días ya. ¿Por qué cada vez que te mando a buscar  agua te metes para el monte? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no lo hagas?

    El hombre está demasiado mal vestido y harapiento como para no llamar la atención de los policías, quienes en seguida le ordenan colocar las manos contra la pared y lo revisan. El hombre accede dócil y sin decir palabra. No carga ningún tipo de documento que lo identifique, y eso, sumado a que lleva un puñal tallado en madera y amarrado con bejuco a una vaina que lleva metida en el desteñido pantalón, hace que lo metan a la camioneta de inmediato. Sabe que ha caído en una redada por primera vez en su vida, justo como lo había planeado.

     La cueva es oscura, pero la luz matutina le da de frente a la entrada, así que se ilumina un poco el interior hasta varios metros. El piso es resbaladizo y bastante atropellado, a veces parece hundirse. Los murciélagos se inquietan ante la pequeña presencia. Algún animal rastrero o dos pasan rápidamente huyendo de los pequeños pies. O tal vez acercándose. Un murmullo circunda. Todo hace eco en la caverna. Todo parece una voz, una columna de aire, una corriente subterránea de agua, un cuchicheo de roedores, unos pasos tal vez los de él mismo. Todo reverbera.

     La madre baña al niño y le sigue preguntando dónde estaba. Por la explicación, su madre entiende: la cueva de El Peñón. Allá no se debe ir. ¿Por qué? No se debe ir. Punto. No vuelvas a ir para allá. Es peligroso. Hay muchos cuentos. Es más, tienes terminantemente prohibido irte a jugar para el monte otra vez. Buscaré yo misma el agua, ni modo. La madre le habla pausadamente; no lo regaña, le suplica. Sin embargo, Mauricio también suplica que no le hablen tan duro.

     El hedor de la cueva es por el guano, el estiércol de esos ratones alados. Mauricio lo entiende sobre todo al tropezar y caer, caída amortiguada por las manos al final de los brazos rectos y resistentes. Siempre ha sido un niño fuerte. Y siempre la curiosidad, la curiosidad. Mauricio se incorpora, y sigue avanzando mientras restriega sus manos del pantalón. A medida que entra, hay menos luz. Parte del murmullo es una corriente de agua subterránea en medio de un túnel de mármol gris veteado.

    Es encerrado junto a otros dos hombres sospechosos que fueron capturados juntos a una cuadra de donde lo agarraron a él, por el sector El Chaparral. Los dos tipos, comunicándose sólo con gestos (el hombre está de espaldas a ellos viendo por la ventanilla hacia las montañas) planifican acciones en su contra que comenzarán con un simple interrogatorio intimidante para ganarse el respeto de ese desconocido con cara de loco. No son los únicos que planifican interrogarlo por motivos parecidos: el director de la policía distrital y dos oficiales serán quienes intentarán interrogarlo.

     La madre sirve el desayuno a su hijo luego de su primera noche con él de vuelta. Mauricio, más que extrañar la arepa con mantequilla y queso rallado con el vaso de jugo de naranja, extraña el murmullo de los murciélagos que conversan con el agua subterránea, los pasos. Y quiere conocer la voz de mujer. A la madre le angustia darse cuenta de que su hijo no es el mismo, su conducta alegre y revoltosa se ha tornado meditativa y contemplativa. La madre decide llevarlo a un doctor. Termina de comer y vístete que vamos al doctor. ¿Para qué, mamá? Ya tengo doce años, no necesito vacunas. Además, no me da tiempo. Su madre lo ve extrañada. ¿Cómo que no te da tiempo? ¿Por qué? ¿Qué tienes que hacer?

     Los dos oficiales acuden corriendo al llamado de los reos. Quieren entregarse definitivamente y delatar todos sus crímenes. Anoche asaltaron a una señora cerca por el vivero que está bajando hacia el terminal de pasajeros y, como ella opuso resistencia, la mataron y arrojaron al río que pasa por debajo del puente a pocos metros en la misma calle. Sólo piden que los saquen de allí. Los policías advierten que el hombre desaliñado sigue viendo por la ventana desde que lo metieron allí hace ya seis horas. Los tipos sacan las manos por las rendijas para que los esposen de una vez, en señal de confianza. Los policías, sorprendidos y extrañados, esposan a los reos, abren la celda y los sacan directo al despacho del director de la policía distrital para escuchar su declaración y procesarlos.

     Ya no se ve nada en la profundidad de la cueva. El piso es a veces movedizo y a veces quebradizo. Mauricio busca el origen del sonido, a la vez que intenta diferenciar un sonido de otro. Tropieza nuevamente con algo y cae, pero esta vez se ha herido el pie derecho. Siente un gran dolor pero, sabiendo que nadie lo oirá, no llora, sino que queda en silencio y respira profundo para calmarse. Está sentado sobre el guano que ya no es tan espeso como al principio de la cueva. Hay un sonido que empieza a destacarse por sobre los demás. Es rítmico y monótono, como un roce lento de tablas húmedas. Parece acercarse desde el fondo de la cueva. Los ojos de Mauricio ya están acostumbrados a la oscuridad, pero aún así no puede divisar nada hacia el sitio por donde oye el ruido. Se queda muy quieto y en silencio con el oído atento durante varios minutos. Todo hace eco en la cueva. ¿Es una serpiente?

     Tengo que volver, mamá. Para cuidar el monte… las matas y los animales… La madre lo observa atónita y furiosa. ¿Volver al monte? ¿Tú estás loco, chico? Claro que no. Te acabo de decir que tienes terminantemente prohibido irte a jugar al monte y ¿es lo primero que me dices que vas a hacer? Te dije que vamos al doctor y punto. Tienes rasguños por todo el cuerpo, un tremendo morado en un tobillo, y tienes tres días sin comer. Tú no sabes si agarraste una infección metido en ese monte, y más en esa cueva. ¿Quién sabe cuántos animales hay ahí dentro? Hazme el favor y te vistes. Yo me voy a bañar y cuando salga quiero verte vestido. Yo ya te puse la ropa que te vas a poner sobre la cama. La madre, efectivamente fue bañarse sin dejar de pensar en lo que le acababa de decir Mauricio y en su comportamiento extraño. Se bañaba rápidamente cuando oyó la voz de su hijo desde fuera. ¿Y mi papá no ha venido? Pasándose el jabón, la madre responde: tú sabes cómo es ese trabajo de tu papá. Él ni siquiera sabe todavía que estuviste perdido tres días. Pero a él le gusta es manejar su pedazo de gandola y andar pasando trabajo en un chinchorro lleno de grasa todas las noches, a expensas de que lo asalten y lo medio maten. El otro día andaba asustado porque dizque le pareció ver a la sayona o un espanto de mujer parecido por la carretera de Oriente.

     Mauricio recuerda que en el pueblo cuentan sobre una leyenda de un niño que murió hace mucho tiempo en los montes de Charallave. Era hijo de un rico hacendado del siglo XIX y había aprendido desde muy pequeño a ser amante del dinero. Sabía que su padre escondía enormes cantidades de dinero en diferentes partes de su gran hacienda, y que uno de esos lugares era en el interior de la famosa cueva de Plácida. El niño de trece años había querido apropiarse de uno de los baúles de su padre, y se metió en la cueva para no volver nunca más. Mucho tiempo después hallaron un cadáver de un niño en medio del monte en la orilla del río Caiza y supusieron de inmediato que se trataba del hijo del hacendado, que ya era un anciano de noventa y dos años y la noticia lo había matado de un infarto. Mauricio se siente entonces identificado con esa leyenda y repentinamente le aqueja una gran tristeza. No puede evitar llorar al saberse imposibilitado de caminar en el interior de una cueva en la que no puede ver nada. Pero no sólo es eso lo que le hace llorar. El ruido monótono está cada vez más cerca y ya puede incluso sentir su vibración original a pocos metros. ¿Son pasos?

     La madre salió al pequeño tiempo del baño y se asomó en el cuarto de Mauricio. La ropa no estaba, efectivamente se la había puesto. Pero los zapatos sí estaban. ¡¿Mauricio, qué zapatos te pusiste?! ¡Mauricio, te hice una pregunta! No estaba en el cuarto de ella, no estaba en la sala, no estaba en la cocina. ¡Mauricio! ¡Mauricio! En el patio trasero tampoco estaba, ni en el lavandero. Al salir a la puerta delantera encontró en la viga horizontal de la reja una moneda de plata muy vieja. La madre agarró la moneda extrañada y la vio de cerca. Tenía de fecha 1853. Abrió la reja y salió al patio delantero. Mauricio se había ido. Preguntó a algunos vecinos, pero fue en vano, nadie lo vio. La madre decidió organizar una búsqueda con algunos vecinos y con la policía. Un total de treinta y dos personas se adentraron en la espesa selva tuyera durante varios días, algunos entraron sólo pocos metros en la cueva con linternas, llamando a Mauricio, y todo fue en vano. A un mes de la búsqueda lo dieron por muerto y así siguió la vida normal en el pueblo. La madre no se resignó, así que luego de asesorarse bien, y ya contando con la ayuda de su esposo, contrataron a un especialista, el espeleólogo Simón Ugarte para que se adentrara en la cueva y lo buscara. Pero Mauricio nunca fue encontrado.

     Una antigua lámpara de kerosén iluminó la cara de Mauricio repentinamente. ¡¿Quién está ahí?! El niño se sobresaltó. La voz ronca y ajada volvió a preguntar y Mauricio se atrevió a responder con su nombre. Qué casualidad… ¿Y qué te trae por aquí? Nada, señor. Yo sólo estaba conociendo la cueva… estudiando… Nadie se interna en esta cueva a investigar… a menos que tú lo traigas. ¿Te vendrán a buscar? No sé, señor. Bueno, creo que sí. Mi mamá a lo mejor. Ya veo… Mauricio es también tu nombre, ¿no? Entonces es a ti a quien he esperado durante estos largos años… Llevo setenta y tres años aquí, muchachito, y sé que la cueva habla. Cuando el murmullo se defina, verás que tiene una hermosa voz femenina que seguramente te hablará a ti cuando yo me vaya. Por eso, ahora sé que es tu turno, Mauricio. ¿Mi turno? Tu guardia, Mauricio. Yo también me extravié como tú cuando era un niño y, al igual que tú conmigo, yo me topé con un viejo en esta oscuridad, y me dijo exactamente lo que yo te estoy diciendo ahora. Pero eso sí, antes te daré la oportunidad de ir a hacer lo que yo no pude: despedirte de tu familia. El viejo en ningún momento se dejó ver la cara.

     Es tu turno. El policía abre la celda y el indocumentado sale tranquilamente. Recorre con paciencia el pasillo y es llevado hasta la sala de interrogatorios. Pero no responde a ninguna de las preguntas más básicas. Sólo ve el movimiento que hace con sus propias manos sobre la mesa, acariciando la madera. Mira, pendejo, te estamos buscando en todos los archivos fotográficos y dactilares y vamos a saber quién eres tú. El hombre por fin habla: lo único que les voy a decir es que si no me dejan salir de una vez va a comenzar a llover interminablemente en Ocumare y el pueblo se inundará hoy mismo. ¡Vaya, finalmente has hablado y para decir tremendo disparate! Los policías, ante la peculiar respuesta, concluyen que el hombre está loco. Que con razón andaba “armado” con un puñal de madera y vistiendo ropa andrajosa. El director da la orden de que lo lleven a la celda y reporta el caso al psicólogo del comando estadal para que venga a examinarlo. Al meterlo de nuevo en la celda, el hombre pronuncia: está lloviendo ya. En efecto, está lloviendo, pero para los policías es toda una gran estupidez porque desde la ventanilla de la celda se puede ver la lluvia. Allí lo dejan todo el día y la noche, mientras él decide acostarse a dormir y esperar. Al mediodía del día siguiente, lo despiertan. Aún llueve. Le dicen que puede irse, que está bien, que le creen, que toda la parte baja de Ocumare está inundada y sólo el casco del pueblo permanece a salvo por ahora. Él les dice que inmediatamente salga cesará el aguacero. Ya en la puerta de la comisaría, el director no resiste la tentación de hacerle una pregunta basada en puras suposiciones, y para muchos (dado lo rápido que ruedan los chismes y leyendas), en supercherías. ¿Tú eres el hijo de la señora Soto, la que mataron anoche los dos tipos que atrapamos a una cuadra de donde te atrapamos a ti, verdad? ¿Tú desapareciste hace veinticinco años y te llamas Mauricio?

Ojalá me llamara así. Hace mucho que perdí mi nombre. Realmente ya no sé cómo me llamo.

El hombre se fue tranquilo. A la media hora ya todas las aguas se habían calmado.

EL ENCANTO DE MAURICIO EN LA CUEVA DEL PEÑÓN Ocumare del Tuy.

Por: Mongo Santacoloma.

Introducción:

    Para ingresar al mundo de los encantos, debemos vencer el universo racionalista o el prejuicio materialista que responde a la idea que solo existe el mundo que se ve, el que podemos percibir por los sentidos. Sin embargo  en todas las culturas y civilizaciones el mito y la leyenda han sido sustento importante en la explicación de los fenómenos herméticos y el hombre siempre ha creído en la existencia de un mundo paralelo donde seres de diversa naturaleza han convivido con lo humano y han influido en sus acciones. Sin embargo el racionalismo ha buscado de borrar de la memoria colectiva la dimensión cósmica, ese mundo paralelo al humano donde se mueven los ángeles, los duendes, los gnomos, las hadas, los demonios y los encantos.

       No es cuestión de afirmar o negar la existencia de estos seres, es aceptar que estas leyendas llenan las lagunas de la historia, que sería de Grecia y de Roma sin su mitología, de la Europa medieval sin la noche de San Juan, el solsticio de verano con la magia del fuego purificador, el cual se nos presenta en Venezuela mestizo, de la mano del negro, bailando al compás del “culo e puya” del tambor redondo.  María Lionsa  el mito de los montes de Sorte en el Estado Yaracuy, el Anima del Pica-Pica en las cercanías de Santa María de Ipire en el Estado Guárico, el folclor venezolano  está lleno de leyendas hermosas.

      Hemos querido recrear la leyenda  del Encanto del Peñón, en Ocumare del Tuy, Mauricio el muchacho encantado por la Ninfa Potámides protectora de las aguas de los ríos, de los bosques, de la naturaleza. Hoy más que nunca la irracionalidad se ha encargado de destruir nuestras florestas. El Río Tuy agoniza y la indiferencia de la gente complica su futuro y compromete al planeta.  El  espíritu protector de la madre naturaleza simbolizado en la leyenda de Mauricio tiene mucho trabajo en estos valles, donde la deforestación, el crimen ecológico y la impunidad se dan la mano. Se recrea esta leyenda como una contribución a que los tuyeros  nos reconciliemos con el medio ambiente  tan golpeado en los últimos años.

MAURICIO EL ENCANTO DEL PEÑÓN

      Dionisio Cisneros, llegó cansado  de sus andanzas de “bandido justiciero”, defensor de un rey que jamás vio, ni siquiera en pintura, estaba reventado de andar de “seca a la meca” perseguido por las fuerzas militares de la República de Colombia. Empezaba el año de 1827, se decía que El Libertador Presidente vendría al Departamento de Venezuela a meter en cintura al  “Centauro de Carabobo” a quien los godos le calentaban la oreja para que desconociera la autoridad ejercida desde Bogotá.

     Dionisio además de gustarle las Morocotas robadas y de tener la costumbre de enterrarlas en diversos parajes del Tuy, también se inclinaba ante la  belleza femenina, tenía más de 40 hijos, una india, descendiente de los bravos Quiriquires, asentados en las últimas estribaciones de los montes de Guatopo le tenía obsesionado, era un enamoramiento jamás visto en un hombre acostumbrado a acostarse con las hembras sin quitarse los pantalones para poder huir rápido si la necesidad le obligaba. Dionisio Cisneros “se arranchaba” con la hermosa María y su séquito de malandrines se burlaban a “soto voce” de la actitud de su jefe, mientras esperaban el momento oportuno para asaltar el estanco del tabaco en los valles de Orituco.

      La india María quedó embarazada y a los nueve meses, el 22 de septiembre, día de San Mauricio Mártir, nació un niño, la partera dijo que ese muchacho tenía el signo de los elegidos, había nacido “enmantillado”  y además la noche de su nacimiento llovió en  demasía, los ríos y quebradas se desbordaban, los animales de la montaña rodearon el rancho como esperando un acontecimiento muy especial, apenas se escuchó el llanto del niño se oyeron en los montes ruidos que venían desde las profundidades de la tierra, los árboles crepitaban, el viento silbaba, era la sinfonía de la naturaleza que rendía homenaje al nacimiento de aquel niño, el hijo del último realista y de una descendiente de los aborígenes primigenios de los Valles del Tuy: Los Quiriquires.

      Mauricio crecía bajo los cuidados de su madre, su padre muy poco veía por él, desde muy chico le ocurrían  hechos prodigiosos que sorprendían a todos. Un día su madre le dejo solo en el rancho mientras buscaba leña y  al regresar  lo encontró jugando con un enorme cunaguaro, como si el animal fuese un gato, el tigre al ver la madre de Mauricio abandono el rancho y con frecuencia se le veía como un perro guardián cuidando los primeros pasos del niño, Ya más grandecito se internaba en los montes, donde los adultos temían pasar, por el tigre, las culebras y la peligrosa fauna de aquella montaña, pero a Mauricio nada le ocurría, por el contrario estaba protegido, animales feroces le escoltaban.

      Su madre preocupada le decía que no se alejara de la casa y él le contestaba que tenía que verse con una hermosa señora que vivía en el pozo del guácimo, su madre decía que eran fantasías de muchacho y que en ese pozo no podía vivir nadie, sin embargo en la medida que el muchacho crecía más era el tiempo que pasaba en el pozo.

    Sorprendía a quienes le conocían por los conocimientos que demostraba en su conversación, los labriegos le preguntaban si se podía sembrar en esos días y él con humildad les indicada si las lluvias serían abundantes o escasas, si era momento de siembra o no, a todos los que le consultaban les decía que había que cuidar el monte porque podría llegar un momento en que el agua  dejaría de salir de los manantiales y que los animales se debían respetar y no matarlos por el gusto.

      En más de una ocasión se enfrentó a cazadores, no con la violencia, sino  que se trasmutaba en animal y los llevaba monte adentro, los perdía en la espesura de los bosques y era tanto el susto que le hacía pasar que los furtivos cazadores  jamás volvían a aquellos lejanos montes y llevaban al pueblo los cuentos que destacaban a un muchacho llamado Mauricio protector de animales, árboles, manantiales y ríos. Tenía el poder de mimetizarse en un tronco de árbol, se hacía invisible  cuando quería asustar a los intrusos o ante los peligros que le asechaban. Decía la gente que habitaba en los montes, en las aguas, que podía imitar el canto de los pájaros, el rugido de los tigres y las onzas.

      Un día Mauricio desapareció de su casa, la madre le buscó por todos los lugares que frecuentaba, pasaron los días y no daba señales de vida, a las dos semanas apareció nuevamente en su rancho y la madre le interrogó:

– Dónde estabas Mauricio, qué te pasó

– Nada mamá estaba con la señora del pozo del guácimo.

– Me llevó a recorrer las hermosas galerías que comunican estas montañas con las tierras de la Magdalena, cosas jamás vistas por ojos humanos, allí moran los espíritus protectores de los montes, de las aguas y de la vida. Me indicaron mi misión en estas tierras, que no es otra sino la de ser su intermediario ante los hombres, la de buscar sal y miel como ofrendas permanentes a quienes sean los escogidos. Por los siglos de siglos estaré aquí para defender de los intrusos destructores los montes sagrados. Los bosques, las aguas, los manantiales no son de nadie, son un préstamo que los hijos de nuestros hijos nos han hecho y debemos devolvérselos cuidados y mejorados. Si los hombres no entienden esto por las buenas lo comprenderán por las malas cuando las lenguas corroídas por la sed, clamen por un vaso de agua fresca y limpia y el líquido sagrado de la vida sea motivo de guerras y muertes.

     La madre oye pacientemente a Mauricio, no entiende nada de lo que dice, llega a pensar que de tanto andar por aquellos montes y quebradas ha perdido el juicio.

     Mauricio saca del bolsillo una reluciente moneda de plata y se la entrega a su madre como prueba de su viaje a las profundidades acompañando a esa hermosa mujer que le mostró su destino y le dice a su madre:

– Debo ir al pueblo a conocer y a comprar la sal pues la miel de arica la hay aquí en abundancia-

     Fue así como Mauricio bajó de las montañas de Guatopo en los límites con los llanos de Orituco donde siempre había vivido, al pueblo de Ocumare del Tuy, llegó  donde funcionaba una alcabala que controlaba el paso de transeúntes, mercancías y ganado por el camino al llano a Taguay y Camatagua. Al solicitarle el cabo de la guardia de alcabala el salvoconducto necesario para transitar por los caminos en aquellos lejanos años, no tenía nada que mostrar, ni papel alguno que le acreditara como peón, agricultor, ganadero o arriero.

     El cabo de guardia no entiende lo que pretende explicar Mauricio y lo remite amarrado hasta la jefatura del pueblo, allí el jefe, un coronel de apellido González lo interroga y tampoco se entienden y Mauricio no podía explicar quién era, de donde venía y que buscaba en Ocumare. El coronel pensó que era algún guerrillero haciéndose pasar por loco y toma la determinación de enviarlo a Caracas. Mauricio viendo que la cosa se estaba poniendo muy mal para él, opta por amenazar con un diluvio si no lo ponían en libertad. El jefe militar se ríe de la ocurrencia de Mauricio y le dice:

-Mira muchacho que estamos en pleno verano, las chicharras están en su tiempo, hace meses que no llueve y señales de lluvia no hay en el horizonte. Tu chico jaquetón dices que tienes el poder de hacer llover a tu voluntad para asustarnos y obligarnos a darte la libertad, te voy a tomar la palabra, si mañana no amanece lloviendo te vas a acordar del día que naciste porque lo que va a llover va ser plan de machete que te voy a dar antes de mandarte con la comisión para Caracas.

     En plena semana santa a las doce de la noche para amanecer el jueves santo empezó a tronar, el cielo iluminado con rayos, las centellas se sentían caer por los lados de la Guamita, empezó a llover a la 1.00 a.m., toda la madrugada y la mañana sin amainar, los ríos estaban desbordados, sin embargo solo llovía en Ocumare, ni en Cúa, ni en Charallave caía una gota de agua, era realmente aquello un chaparrón, los actos del lavatorio de los pies en la iglesia parroquial se suspendieron, aunque el templo estaba lleno de feligreses que le pedían a Dios  su misericordia y que dejase de llover, pues el pueblo estaba a punto de desaparecer, el templo  era uno de los pocos lugares donde el agua no había hecho desastres.

      La jefatura parecía una laguna. Entre los habitantes asustados del pueblo de Ocumare  empezó a correr el rumor que había en  la jefatura  un joven que habían detenido en la Alcabala por no tener salvoconducto, otros dicen que es Mauricio el protector de la montaña y que amenazó al Coronel González con un “palo de agua” jamás visto en estas tierras que desbordaría  ríos y quebradas, si no lo soltaban de inmediato.

     En el templo se reúnen el cura y algunos notables de la comunidad  y nombran una comisión, se dirigieron por los barriales de las calles, con el agua que le llegaba a la cintura a conocer y solicitar la libertad de aquel extraño personaje llamado Mauricio, el cual era  capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza, llegaron emparamados y muertos de frío a la jefatura. Ya el Coronel González  había liberado a Mauricio, no sin antes decirle que se fuera y  no volviera jamás pues si lo hacía él mismo le mataría con la ayuda de gente preparada con varios crucifijos y la oración de la magnífica.

   De pronto deja de llover, todo el pueblo quedó alucinado al ver no solo que el “palo de agua” había cesado completamente, sino que en el cielo brillaba un sol veranero como si jamás hubiese caído una gota de agua, la gente de Ocumare maravillados ante este prodigio empezaron a comentar el hecho y a buscar a Mauricio para conocerle, el cura dijo que esas eran cosas del demonio y que el pueblo tenía que hacer mucha oración y penitencia para alejar el espíritu del mal que había llegado a Ocumare para alejar a los creyentes del bien, había que regar las casas y las calles con agua bendita, especialmente la casa de la jefatura donde se debía rezar muchas oraciones y purificar con incienso quemado por siete días.

     El nombre de Mauricio  y los hechos inexplicables ocurridos aquel jueves santo en Ocumare del Tuy se regaron por todos los Valles, los arrieros llevaron la noticia hasta Caracas, los llaneros que traían las puntas de ganado al Tuy lo contaban en su tierra y la gente se admiraba de hechos tan asombrosos. Muchos decían con cierto orgullo que en un lance de cacería lo habían conocido, otros decían que era hijo del bandido Dionisio Cisneros,  lo ocurrido se regó como pólvora. Otros comentaban que Mauricio era enemigo acérrimo de quienes cazaban por diversión y no por necesidad, que volvía locos a quienes quemaban los montes y además a quienes usaban el hacha y el machete para cortar los árboles para hacer conucos los perdía en la montaña y pocos podían regresar.

     Mauricio volvió a sus bosques, no le gustó el mal trato y los prejuicios que tenían contra él, entendió que aquella gente que se decía civilizada no comprendía que el futuro de esa civilización estaba en lograr la armonía entre lo creado por Dios y lo inventado por el hombre. Miró con lastima el futuro de aquella gente y se dedicó por siempre al cumplimiento de su misión, a castigar a los enemigos de los animales del monte, de las plantas y los manantiales.

    Mauricio es el espíritu guardián de la naturaleza, hoy conciencia viva del ecologismo. Todavía hay quienes se internan por aquellos montes del Peñón se lo han encontrado con su vestido de liquilique de aquellos años, su morral, su sombrero y alpargatas, o también para aquellos que llevan malas intenciones trasmutado en tempestad, árbol o animal. . Su leyenda nació de un extraordinario aguacero un jueves santo, todos supieron de sus poderes y todos le respetan desde entonces.

     LA CUEVA DEL PEÑÓN SANTUARIO DE LA LEYENDA ESPERA POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN PARQUE TEMÁTICO Y ECOLOGICO COMO ATRACTIVO TURÍSTICO, DONDE SEA RECREADA LA LEYENDA Y LAS NUEVAS GENERACIONES SE VINCULEN ACTIVAMENTE A LA CONSERVACIÓN DE LA NATURALEZA.

ESCRITO EL JUEVES SANTO 1º DE ABRIL DEL 2010