Historia regional y local del Valle del Tuy

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LA ESTATUA PEDESTRE EN BRONCE DEL GENERAL EZEQUIEL ZAMORA

Subido por: Iván López.

ACTA DE LA COLOCACIÓN DE LA PIEDRA FUNDAMENTAL DE LA ESTATUA PEDESTRE EN BRONCE DEL GENERAL EZEQUIEL ZAMORA

Esta estatua del Valiente Ciudadano, general Ezequiel Zamora, primer soldado de la Federación Venezolana, fue mandada a levantar por Decreto del Ilustre Americano, general Antonio Guzmán Blanco, Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela, fecha 14 de octubre de 1880, año 17 de la Ley y 22 de la Federación, y colocarla en la Plaza de Abril. 

El Gobierno confió a los señores Lassére Freres de Paris, la comisión de hacer ejecutar esta estatua, de dos metros de altura, y el artista señor Vital Dubray  de la ciudad de Paris, la fundió en bronce. 

La Junta de Fomento de plazas y Alamedas publicas, compuesta de los ciudadanos doctor J. Felipe Machado, Presidente; Felipe Francia, Carlos Díaz, Pedro P. Fontes, Carlos Benítez, Carlos Rojas, W. Gelbardt, N. F. Hellmund, Antonio Domínguez, José Domingo Sosa, Luis Antonio Hernández, W. Guzmán, Eduardo Albrand, José Antonio Mosquera, Alejandro Espinoza, Cosme del Olio, Valerio González, Julián Montes de Oca, doctor Ezequiel Jelambi, y Domingo Garban, vocales, y Guillermo Fontes, Secretario, representada la Junta Seccional de la Plaza de Abril, que la componen los miembros, ciudadanos doctor Ezequiel Jelambi, Domingo Garban, José Valerio González, y Julián Montes de Oca, fue encarga-do para la erección de la estatua.

Constituida la Junta, presidida por el Ministro de Obras Publicas, ciudadano Ramón Azpúrua, hoy 1º de septiembre de 1881, en la Plaza de Abril se procedió a la ceremonia de colocar esta piedra fundamental, bajo la cual se encuentran con esta acta el libreto titulado La Batalla de Santa Inés, el Decreto de 7 de enero de 1864, honrando con varias disposiciones la memoria del general Ezequiel Zamora y concediendo gracias y pensiones a sus señoras madre y viuda, y el Decreto de erección. 

Para constancia de este acto firman los nombrados en Caracas, a 1º de septiembre de 1881. — Ano 18 de la Ley y 23 de la Federación. — R. Azpúrua. E. Jelambi. Domingo Garban. José Valerio González.  J. Montes de Oca.

(Tomado de la Memoria de Obras Públicas, págs., 164 a 165, Tomo II, 1882).

Escultura de Ezequiel Zamora puesta en la Plaza de la Revolución de Abril (Hoy Plaza de Capuchinos, en Caracas) realizada en Bronce por Vital Dubray en el Año 1881.

JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE

Por: investigaciones TUCUY.

     Pérez Bonalde nació en Caracas en 1846, el 30 de enero. Fue el noveno hijo del matrimonio integrado por Juan Antonio Pérez Bonalde y Gregoria Pereyra. Huyendo de la guerra federal, la familia Pérez Bonalde se traslada a Puerto Rico (1861). Para sostenerse, fundan un Colegio, donde el joven poeta, de quince arios, se desempeña como Profesor. ¿Qué formación tiene Pérez Bonalde para ese entonces? Felipe Tejera dice que se había dedicado especialmente al estudio de la música, el dibujo e idiomas extranjeros.

JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE.

     Poseía también conocimientos prácticos. En la isla de Santomas (a la que se trasladó la familia desde Puerto Rico), Pérez Bonalde se emplea como tenedor de libros. En 1864, pacificado el país, los Pérez Bonalde retornan a Caracas y planifican otro colegio, semejante al de Puerto Pico. La muerte repentina del padre aborta el proyecto. Entre 1864 y 1870 Pérez Bonalde vive en Caracas. Trabaja como puede para ganarse la vida. Interviene en política con el Partido Liberal.

     En 1870 llega a la primera magistratura el General Guzmán Blanco, de quien Pérez Bonalde es enemigo político. El poeta se va de Venezuela en aquel año de 1870. Vuelve por poco tiempo en 1876, y no regresa definitivamente hasta 1889, llamado por el gobierno del Dr. Raimundo Andueza Palacio. En estos dieciocho años largos, su centro de operaciones es Nueva York. Se emplea en la casa Lenman y Kemp-Barclay y Cía., y viaja por casi todo el mundo como representante de esta firma. Tiene oportunidad de aprender idiomas y de perfeccionar los que ya sabe. Se convierte en un extraordinario políglota y en excepcional traductor de poesía.

En su juventud cuando militaba en el Partido de los Azules.

     En 1879 se casa con Amanda Schoonmaker. La unión de esta pareja es desafortunada. En el dolor del exilio, nace una hija, Flor. El poeta concentra en ella sus afectos y alegrías. Le espera, sin embargo, un rudo golpe. La niña fallece en 1883. De esta trágica circunstancia brota esa conmovedora elegía que lleva por título Flor.

     Sus lecturas, su vida errante, su aguda sensibilidad, ciertos aconteceres aciagos, todo lo va conduciendo al escepticismo. A partir de aquel trágico 1883, no vuelve a publicar libros de poesía propia. Sólo sus grandes traducciones, las de Heine y Poe. Busca escaparse de la realidad, ya no por el paisaje poético, sino por la puerta falsa del alcohol y de las drogas. Su salud comienza a resentirse. Quienes lo conocen y lo tratan, como José Martí, advierten en él un aire de melancolía profunda, y de tedio vital. Poco a poco llega a los límites del nihilismo. A la total incredulidad, a una falta de fe en el presente y en el porvenir. Testimonio son estos párrafos de su libro de Memorias, dados por el poeta a la prensa caraqueña:

Muchos años han pasado desde la última vez que dejé un recuerdo de vida en estas páginas.

Y ¿qué he conseguido, qué he alcanzado durante este largo transcurso del tiempo?. .

Lo que alcanzaría el hombre que viviese mil años; lo que ha alcanzado la humanidad desde su misterioso principio hasta el presente: NADA!

     En 1889, bastante quebrantado de salud, regresa definitivamente a Venezuela. El gobierno de Andueza Palacio le ofrece un cargo diplomático. El poeta accede. Se embarca con rumbo a la ciudad de Amberes. Pero se siente tan enfermo que regresa desde Curazao. En vano intenta buscar salud en las aguas termales de San Juan de los Morros y luego en La Guaira. Una hemiplejia agrava su situación. Y el 4 de octubre de 1892 fallece en La Guaira. Once años después (1903) sus restos son trasladados a Caracas en medio de solemnes honras fúnebres. Y desde 1946, centenario de su nacimiento, sus cenizas reposan en el Panteón Nacional. En uno de sus poemas, Pérez Bonalde había dejado esta especie de disposición final:

POR SIEMPRE JAMAS!

Traedme una caja

de negro nogal,

y en ella dejadme

por fin reposar.

 

De un lado mis sueños

de amor colocad,

del otro, mis ansias

de gloria inmortal;

la lira en mis manos

piadosos dejad,

y bajo la almohada

mi hermoso ideal…

 

Ahora la tapa

traed y clavad,

clavadla, clavadla

con fuerza tenaz,

que nadie lo mío

me pueda robar…

 

Después, una fosa

bien honda cavad,

tan hioda, tan honda,

que hasta ella jamás

alcance el ruido

del mundo a llegar.

 

Bajadme a su fondo,

la tierra juntad,

cubridme…y marchaos

dejándome en paz…

 

¡Ni flores, ni losa,

ni cruz funeral;

y luego…olvidadme

por siempre jamás!.

Lastenia Pérez Bonalde de Tesdorpf, Hermana de Juan Antonio Pérez Bonalde.

LA OBRA DE PEREZ BONALDE

     La obra poética original de Pérez Bonalde está representada por dos Poemarios: Estrofas (1877) y Ritmos (1880). Sus traducciones de mayor importancia son El cancionero (1885) del alemán Henrique Heine, y El cuervo (1887) del norteamericano Edgar Allan Poe.

   En sus libros originales, Estrofas y Ritmos, reúne poemas escritos en diversos lugares. En ambas obras, la huella de un poeta intimista, sincero que no imita a los maestros del Romanticismo europeo, sino que extrae los temas de su propia peripecia vital. Su poesía, perdurable por ello, y por el fino e ilustrado espíritu de su creador, se encuentra relacionada de inmediato con algunos de los grandes aconteceres de una existencia errante y dolorosa, y con los fines que según la concepción romántica debía cumplir el poeta;

… pues a más de profeta,

sacerdote y caudillo,

es la misión sublime del poeta

ser héroe denodado, aunque sencillo,

y vencedor del tiempo y de la muerte..!

     Profeta, es decir, vate, vaticinador, iluminado, capaz de ver más lejos y más hondo que el común de los hombres, tal como ya lo pregonaban los latinos. Quien es un vidente, un soñador sagrado, un Profeta es también un Sacerdote, puesto que su misión consiste en conducir a la humanidad, cuyo destino él conoce por revelación, o porque sus facultades intelectuales son de orden superior. De este modo, el sentimiento religioso (de signo positivo o negativo) se empalma con la misión social que el poeta debe cumplir, como Caudillo, esto es, como guía, cabeza de unos ideales que luchan por Libertad y Justicia. Esta circunstancia y el individualismo romántico, conciben al poeta como un Héroe señero, que combate cada día contra las propias miserias y las ajenas, contra los desfallecimientos del ánimo y la duda. Por último, Vencedor del tiempo y de la muerte por cuanto, como ya lo predicaban desde la Alta Edad Media Dante Alighieri y Jorge Manrique, el arte es una de las vías que el hombre dispone para alcanzar la inmortalidad.

     Cuatro poemas, los mejores, responden a suscitaciones vitales. El primero, en orden cronológico, es un canto de desterrado, Vuelta a la patria (1876), cuya doble motivación, la alegría del regreso a la madre patria y el dolor ante la muerte de la madre carnal, hacen de éste el mejor poema entre todos los numerosos cantos de exilio que se escribieron en Hispanoamérica. Es una elegía asordinada, serena, sin estridencias.

     Pobre poeta (s. fecha). El segundo gran poema, dedicado a la memoria del malogrado lírico puertoriqueño José Gautier y Benítez (1848-1880), contiene una conmovedora definición de la naturaleza espiritual del creador, aplicable, como es lógico, al mismo Pérez Bonalde. La sensibilidad del poeta está vista como un cilicio. Las dos primeras estrofas orientan ya acerca del tono y del tema:

¡Oh, no envidiéis al que en la herida frente

lleva cual fiero dardo

la inspiración ardiente,

la codiciada llama

que viva luz derrama

y gloria en torno al aplaudido bardo!

 

Oh no, no lo envidiéis; de la áurea rama

que sus sienes corona, cada hoja

representa un martirio, una congoja,

una herida profunda, un desencanto,

sangre del pecho, o de los ojos llanto.

 

Cada paso que avanza

de la inmortalidad en la ardua senda,

cada triunfo que alcanza

le cuesta una creencia, una esperanza

que más y más la bendecida venda

de la ilusión aparta de sus ojos.

     Poema del Niágara (1880). El tercer gran poema, considerado entre otros por José Martí, como la obra maestra de Pérez Bonalde, es el Poema del Niágara, compuesto como el de Heredia, a vista de las imponentes cataratas. El poema obedece al sentimiento del romántico por la Naturaleza y a su identificación con algunos espectáculos naturales de gran belleza. Pérez Bonalde va más allá. El torrente y su catarata le hacen imaginar que en ellos está oculto un Genio a quien el poeta puede interrogar acerca los misterios de la vida y de la muerte. A las preguntas que formula, el eco responde sombríamente dando a entender que nada existe más allá de esta existencia efímera:

Heme aquí frente a frente

de la espesa tiniebla desde donde

oírme debe la deidad rugiente

que en su seno se esconde:

Dime, Genio terrible del torrente,

¿a dónde vas al trasponer, la valla

del hondo precipicio,

tras la ruda batalla

de la atracción, la roca y la corriente. . ?

¿A dónde va el mortal cuando la frente

triunfadora del vicio,

yergue, al bajar a la mundana escoria

en pos de amor, y venturanza y gloria?

¿A dónde van, a dónde,

su fervoroso anhelo,

tu trueno que retumba…?

Y el eco me responde,

ronco y pausado: ¡tumba!

 

Espíritu del hielo,

que así respondes a mi ruego, dime:

si es la tumba sombría

el fin de tu hermosura y tu grandeza;

el término fatal de la esperanza,

de la fe y la alegría;

del corazón que gime

presa del desaliento y los dolores;

del alma que se lanza en

pos de la belleza,

buscando el ideal y los amores;

después que todo pase,

cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,

sobre el oceano que la vida esconde,

dime qué queda;

dí ¿qué sobrenada..?

Y el eco me responde,

triste y doliente: ¡nada!

 

Entonces, ¿por qué ruges,

magnífico y bravío,

por qué en tus rocas, impetuoso, crujes

y al universo asombras

con tu inmortal belleza,

si todo ha de perderse en el vacío. . ?

¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,

y ríe, y goza, y llora y desespera,

si todo, al fin, bajo la losa fría

por siempre ha de acabar..? Dime, ¿algún día,

sabrá el hombre infelice do se esconde

e1 secreto del ser..? ¿Lo sabrá nunca..?

Y el eco me responde,

vago y perdido: ¡nunca!

 

¡Adiós, Genio sombrío,

más que tu gruta y tu torrente helado;

no más exijo de tu labio impío,

que al alejarme, triste, de tu lado,

llevo en el cuerpo y en el alma frío.

A buscar la verdad vino hasta el fondo

de tu profunda cueva:

mas, ay, en vez de la razón ansiada,

un abismo más hondo

mi alma desesperada

en su seno, al salir, consigo lleva…!

¡Ya sé, ya sé el secreto del abismo

que descubrir quería..!

¡Es el mismo, es el mismo

que lleva el pensador dentro del pecho:

la rebelión, la duda, la agonía

del corazón en lágrimas deshecho!

     Flor (1883). El cuarto gran poema de Pérez Bonalde es el canto elegíaco que escribe bajo el terrible impacto que le produce la muerte de su hija Flor. Si en el Poema al Niágara dice salir del abismo, sin respuesta para sus grandes preguntas acerca de los misterios del ser, en Flor se enfrenta a Dios al no comprender cómo pudo haber sido herida de muerte una criatura que apenas abría los ojos a la vida. Es el dolor máximo, la suprema rebelión de los poetas satánicos, que en Pérez Bonalde es la culminación trágica de una existencia destrozada por el hado:

Señor, ¿existes? ¿Es cierto que eres

consuelo y premio de los que gimen,

que en tu justicia tan sólo hieres

al seno impuro y al torvo crimen?

 

Responde entonces: ¿Por qué la heriste?

¿Cuál fue la culpa de su alma triste?

¿Cuál fue la mancha de su inocencia?

¡Señor, respóndeme en la conciencias!

 

Alta la llevo siempre, y abierta,

que en ella nada negro se esconde;

la mano firme llevo a su puerta,

inquiero… y nada, nada responde.

 

¡Sólo del alma sale, un gemido

de angustia y rabia, y el pecho, en tanto

por mano oculta de muerte herido,

se baña en sangre, se ahoga en llanto!

 

¡Y en torno sigue la impía calma

de este misterio que llaman vida,

y en tierra yace la flor de mi alma,

y al lado suyo mi fe vencida!

 

…………………………………………………

 

¡Nada, ni la esperanza

ni la fe del creyente

en la ribera nueva,

en el divino puerto

donde la barca que las almas lleva

habrá de anclar un día;

ni el bálsamo clemente

de la grave, inmortal filosofía;

ni tú misma, divina poesía

que esta arpa de lágrimas me entregas

para entonar el aéreo de mi duelo…!

¡Tú misma no, no llegas

a calmar mi dolor…!

¡ábrase el cielo!

¡Desgájese la gloria en rayos de oro

sobre mi frente… y desdeñosa, altiva

de su mal sin consuelo

al celestial tesoro

el alma mía cerrará su puerta:

que ni aquí, ni allá arriba

en la región abierta

de la infinita bóveda estrellada,

nada hay más grande, nada:

más grande que el amor de mi hija viva,

más grande que el dolor de mi hija muerta!

     El traductor. Desde la niñez, se inició Pérez Bonalde en el estudio de lenguas extranjeras. A lo largo de su existencia, llegó a tener un asombroso dominio del latín, del inglés, del francés, del alemán, del italiano y del Portugués.

   Los idiomas le permitieron conocer directamente literaturas extranjeras. Este factor contribuyó a hacer de Pérez Bonalde un romántico superior en muchos aspectos a la mayoría de sus compañeros hispanoamericanos.

     Gracias a sus excepcionales conocimientos del alemán, Pérez Bonalde realizó la mejor traducción (1885) de El Cancionero (1827), de Heine. Pero no sólo lo tradujo impecablemente, sino que logró una musicalidad igualada más tarde por dos grandes del Modernismo, el colombiano José Asunción Silva y el nicaragüense Rubén Darío. Sirvan como muestra de la versión de Pérez Bonalde, estos excelentes dodecasílabos del poema La Esfinge:

Estoy en la antigua floresta encantada,

los tilos esparcen su aroma sutil;

del astro nocturno la luz argentada,

con mágico hechizo se adueña de mí.

 

Avanzo en las sombras cm pie temerario,

y al punto en los aires resuena una voz;

la voz del alado cantor solitario

que canta las glorias y penas de Amor.

 

Las glorias y penas de Amor canta el ave:

las dulces sonrisas, el llanto de hiel,

tan triste es su queja, su trino tan suave,

que en mi alma despiertan los sueños de ayer.

 

Mi planta en las sombras, intrépida, avanza:

un claro del bosque se ofrece ante mí,

y en él un castillo gigante que lanza

sus torres aéreas al alto cenit…

     Éxito similar que con la traducción de El Cancionero, obtuvo Pérez Bonalde con la versión (1887) del célebre poema El Cuervo (1845), de Poe. No sólo conserva con extraordinaria fidelidad la atmósfera de misterio que va in crescendo en el poema de Poe, sino que reproduce en castellano el ritmo trocaico del original inglés.

     Pérez Bonalde vertió al castellano otros poetas, entre los cuales, el inglés William Shakespeare, los alemanes Ludwig Uhland y Johan Gottfried Herder.

Bienvenida a Venezuela en el Puerto de la Guaira a Juan Antonio Pérez Bonalde, año 1890.

ANTOLOGÍA DE VUELTA A LA PATRIA

     Cuando Pérez Bonalde escribe Vuelta a la patria (1876), navega rumbo a Venezuela, tras seis años de ausencia. Santiago Key-Ayala ha imaginado la escena en la que el poeta compone su canto elegíaco:

     Fue a bordo del barco en que Pérez Bonalde regresaba a la tierra nativa, rumbo a Puerto Cabello, donde nació la “Vuelta a la Patria”. Nació, vio la luz. ¿Cuánto tiempo había estado en el alma del hijo infeliz, moviéndose hacia la luz por una gestación de sueño?

El poeta mismo responde a la pregunta:

Una línea indecisa

entre brumas y ondas se divisa.

………………………………………….

Va extendiéndose el cerro

y unas formas extrañas va tomando,

formas que he visto cuando

soñaba con la dicha en mi destierro.

     Días y meses, el desterrado estuvo haciendo el viaje de vuelta a la patria y se vio llegar con el pecho henchido por la emoción del retorno, primero; después, henchidos los ojos por el resto de sus lágrimas. Ahora viaja en realidad hacia “la tierra amiga”. Imagino la escena del alumbramiento: Pérez Bonalde está en el puente del barco sentado ante una mesita con aquel donaire señoril que los años acentuaron. Sobre la mesita, frente a él, un vaso y una botella de cerveza. Al lado, en una silla, un libro de versos o de viajes. A manera de marcador, un haz de cuartillas y un lápiz. Pérez Bonalde da la espalda al Norte, donde el frío “hiela los espacios y las almas”. Mira hacia el Sur, adivinando, presintiendo la “tierra amiga”. En la monotonía del aislamiento, la fantasía transpone la realidad circundante y navega por el mar de los sueños. El barco va hacia Puerto Cabello. El sueño hacia La Guaira. Triunfa el sueño.

     A juzgar por estas noticias, Vuelta a la patria fue concebido a bordo del navío en el que Pérez Bonalde navega hacía las costas venezolanas tras seis años de ausencia. Dos sentimientos parecen dominarlo en aquellos instantes. Hay en él una alegría causada por su reencuentro con la tierra natal. Este puro e intenso alborozo está mediatizado, sin embargo, por una honda melancolía. El poeta sabe que no encontrará a su madre, fallecida mientras él se encontraba en el destierro. Siendo de signo contrario estos sentimientos, al conjugarlos dentro de un mismo poema, Pérez Bonalde debía evitar que se estorbasen. El poeta resolvió esta dificultad dividiendo su poema en dos partes. La primera responde en temas, tono, ritmo y ambiente a la euforia espiritual del regreso. La segunda está consagrada por entero al sentimiento elegíaco en el que los temas se interiorizan, el ritmo se torna lento y el lenguaje confidencial.

     La primera parte, es descriptiva. El poeta reseña lo que va viendo y sintiendo a medida que el bajel se acerca a las playas, luego desembarca y toma el coche que lo conduce a Caracas. Culmina con la aparición, casi fantástica, de la ciudad natal que parece brotar de la nada, tras una vuelta del camino, con sus blancas torres, sus techos rojos, sus azules lomas.

     Como es propio del alma romántica universal, estas descripciones del paisaje se relacionan de inmediato con los estados anímicos del poeta. En este caso, con escenas de la infancia, y éstas, con los días dichosos de una inocencia perdida. El goce de la llegada se reparte entre el deleite ante la luminosidad de la naturaleza tropical “son seis años de brumas y de cielos grises”, la emoción romántica ante lo autóctono, ante la gente rústica y simple en estado de gracia natural, y hasta en el dulce son del idioma nativo.

     Esta primera parte posee un ritmo ascendente, progresivo, que conduce a un momento crucial del poema. La patria es primero una línea indecisa que entre brumas y ondas se divisa. A medida que el barco se aproxima, la costa va dibujándose mejor hasta que lo borroso se hace nítido y se ven las riberas bordadas de palmeras. La impaciencia por llegar salta en el pecho del poeta y se traduce en oraciones de forma imperativa: ¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga! ¡Boga, boga, remero! ¡En marcha, en marcha, postillón!

     Cuando ya divisa a Caracas y el ritmo del desenfreno emocional llega a su punto culminante, se produce el choque del sueño contra la realidad. El poeta recuerda que no tiene hogar, o, más exactamente, hogar materno, y le pide al cochero que lo conduzca al cementerio, uno de los lugares favoritos de los románticos. Todo este recorrido vertiginoso que le ha permitido dar sus impresiones del regreso, todo este canto de alegría, se transforma súbitamente en un discurrir elegíaco, lento, intimista.

Carolina Tesdorpf de Vidal, Sobrina del Poeta. En su casa de La Guaira se alojo cuando regreso enfermo poco antes de su muerte.

«¡Apura, apura, postillón! Agita

el látigo inclemente.

¡Al hogar, al hogar! que ya palpita por él

mi corazón ¡Mas no, detente!

¡Oh infinita aflicción! Oh desgraciado

de mí, que en mi soñar había olvidado

que ya no tengo hogar…Para cochero;

tomemos cada cual nuestro camino;

tú al techo lisonjero

do te aguarda la madre, el ser divino

que es la vida centro y alegría

y yo…¡yo al cementerio!,

donde tengo la mía…»

    Comienza entonces la segunda parte de Vuelta a la patria. La confidencia personal da una dimensión subjetiva. A través del monólogo, Pérez Bonalde le refiere a su madre la suerte que ha corrido desde el momento en que se separó de su regazo, como quien entrega cuenta de sus actos. El que habla sin esperanzas de respuesta, es un poeta aniñado, triste, escéptico, que retorna sin nada qué ofrecer, como no sea una flor amarilla del camino y el resto de llanto que le queda. Dos presentes románticos: el amor por la naturaleza y la manifestación viva del sentimiento. Reconfortado tras el desahogo, el espíritu del poeta cobra nuevos bríos. Cuando se marcha del cementerio lleva el alma en paz, y, como siempre, la frente erguida, resuelto a continuar luchando.

     Los cantos de desterrados “como éste de Pérez Bonalde” fueron un género frecuente en la poesía romántica hispanoamericana y española. Con frecuencia, estos cantos iban unidos al tema político, en la medida que el desterrado padecía los rigores materiales y morales del ostracismo, protestaba contra los tiranos que arruinaban su patria y lo mantenían lejos de los suyos. Dentro de estos cantos figuran el Adiós a la patria, de Rafael Mª Baralt; La despedida de la patria, del colombiano José Eusebio Caro; La vuelta a la patria, del colombiano Miguel Antonio Caro; La vuelta al hogar, de José Joaquín Pérez. También el español Martínez de la Rosa tiene una composición sobre este género. Sin negarles calidades poéticas, ninguna de ellas supera la elegía de Pérez Bonalde.

«Caracas, allí está, vedla tendida

a las faldas del Ávila empinado

Odalisca rendida

a los pies del Sultán enamorado»

Abigaíl Pérez Bonalde, hermana del Poeta.

     El 4 de octubre de 1892 muere en La Guaira el poeta de «La Vuelta a la Patria», el poeta de Caracas, Juan Antonio Pérez Bonalde.

Referencias Gráficas:

http://perezbonalde.blogspot.com

¡ADIOS! A OCUMARE, o ¿ADIOS A PETARE?

Por: Manuel V. Monasterios G.

¡El famoso vals del maestro Ángel María Landaeta!

Antiguo Palacio de Gobierno del Estado Miranda en Ocumare del Tuy.

      La Constituyente de 1904, durante el gobierno del General Cipriano Castro, crea él ”nuevo” Estado Miranda y traslada la capital a los Valles del Tuy, específicamente a la población de Ocumare del Tuy, quitándole al burgo de Petare, cercano en la época a Caracas, la categoría de Capital que venía ostentando desde la Constituyente de 1864, que se creo el Estado Caracas, al cual luego se denominaría Bolívar y también formó parte del Gran Estado Guzmán Blanco y del gran Estado Miranda integrado por los actuales Miranda, Aragua, Guarico y Nueva Esparta. El General Castro volvió a los 20 Estados de federalismo Zamorano y en el Tuy se denominaron los Distritos Lander (Ocumare, Yare y Quiripital), Paz Castillo (Santa Lucía y Santa Teresa) y Urdaneta (Cúa Y Charallave).

      Es lógico suponer que esta disposición  del gobierno castrista no fue del agrado de los petareños, especialmente los funcionarios gubernamentales  que tenían que dejar sus querencias y trasladarse al Tuy, sede de la nueva capital… Entre los funcionarios que parten está Don Ángel María Landaeta, quien además de ejercer el cargo de secretario de un Tribunal de Primera Instancia, era Músico ejecutante del violín, compositor e integrante de la Banda Oficial del Estado dirigida por el Músico Germán U Lira, autor de la música del Himno del Estado Miranda. Don Ángel se inspira y toma la determinación de componer un Vals. (Ritmo de moda en la época por ser el preferido del General Castro). El nombre del Vals es: “¡Adiós! A Ocumare”, como un homenaje al pueblo que debe dejar. La primera vez que se interpretó el Vals fue en Petare, con. “la Orquesta dirigida por el Maestro Gemán U. Lira, Landaeta en el violín, Manuel Yélamo como flautista, Alejandro Gerentes Contrabajo, Juan Bautista Clarinete, Bernardino García Tromba y los hermanos del maestro Lira: Domingo Y Rafael Bombardino y flauta respectivamente”

     La pieza compuesta por el maestro Landaeta fue un éxito desde el primer momento, Castro la hizo su favorita en los bailes desde el primer día en que la escuchó, El General Benjamín Arriens Urdaneta. Presidente del Estado Miranda y primero que ejerció en Ocumare del Tuy el cargo, le ordenó a la Banda que siempre la tuvieran en su repertorio, en las retretas y bailes que amenizaban. Así la población de Ocumare del Tuy la hizo suya, a pesar de la dedicatoria A Petare. Luego en el año 1927, esta vez por disposición del General Juan Vicente Gómez, se traslada la capital del Estado Miranda a la ciudad de los Teques y esta vez si se justifica el Adiós. No al Petare de 1904, sino al Ocumare de 1927. La tradición considera que esta pieza musical es emblemática de Ocumare y así  se acepta, no importa el origen y la intención del maestro  Landaeta, Lo importante es que desde comienzos del siglo XX está  en el corazón de los tuyeros.

      Es importante destacar que Don Ángel María no le puso letra en ningún momento, posteriormente se le adaptaron algunos versos.

HACIENDA LAS MONJAS

Por: Yrene M. Fernández V.

     Una de las residencias señoriales más destacadas por su belleza y confort, enclavada en el Valle del Tuy Medio, lo constituye la hoy denominada casona de Las Monjas, otrora Convento de Clausura de la Monjas Concepciones. Dicha casona enmarcada dentro de un gran cañamelar se encuentra ubicada en la zona del Paraíso del Tuy en jurisdicción del Distrito Independencia.

     La hacienda Las Monjas, data de la época de la Colonia y en sus comienzos fue propiedad de la familia Bolívar, quienes posteriormente la donaron a la Orden Religiosa de las Monjas Concepciones por concepto de dote correspondiente a una novicia de la familia.

     Posteriormente, en el año 1.864, el entonces Presidente Guzmán Blanco, expropió por decreto dicho convento, el cual lamentablemente se convirtió en depósito de cal y abono, así permaneció durante un siglo, pasando luego a ser propiedad de los señores Pepito y Clementina Herrera Uslar.

Ruinas del Convento de Clausura de las Monjas Concepciones.

     Hoy día al visitar este hermoso lugar puede distinguirse dos edificaciones, la primera se encuentra a la izquierda de la entrada principal por un camino de cañamelar, la referida edificación es una casona colonial donde propiamente dormían las monjas.  La otra construcción, a la derecha del camino y retirado de la primera, es el antiguo Convento de las monjas concepciones, de la que hoy en día sólo quedan los escombros y el vestigio de lo que fue una fuerte construcción para su época, con durmientes de madera y gruesas paredes y columnas de ladrillos.  Todavía se puede observar lo que constituyó sus divisiones internas como también la belleza de la arquitectura de sus arcos frontales.

     En estas ruinas del Convento se puede apreciar, partiendo de la misma entrada, una edificación  conexa que se considera formaba parte del convento, es una construcción de dos pisos, en escombros, cuyas escaleras aún se mantienen en relativas buenas condiciones.

Hacienda Las Monjas: Cuarto Principal.

     La entrada principal, se encuentra eliminada en la actualidad, cuando después de haberse efectuado algunas modificaciones a pasado a ser la parte posterior de la hoy denominada Hacienda Las Monjas.  Desde éste pórtico se abre un patio con frondosos árboles frutales y una espesa vegetación silvestre de mediana talla, para adentrarse en los grandes cañamelares que bordean la hacienda.

     En cuanto a la casona colonial, es una hermosa vivienda familiar que tiene una entrada principal por el otro extremo, llamado entonces el patio de las cocheras.  Esta casona también está rodeada de inmensos patios abiertos y en ellos una variedad de árboles frutales.

Hacienda Las Monjas: Tumbas de las monjas en el patio lateral .

     Dicha casa está construida con paredes y columnas de ladrillos revestidos, pisos de ladrillos, ya bastante deteriorados por el tiempo, las ventanas y puertas son de madera tallada y torneada.  En el techo se emplearon los materiales propios de la época, caña, vigas de madera y tejas. La estructura descansa sobre fuertes durmientes, columnas de ladrillos y planchas de madera pesada.

     Hacia el corredor izquierdo se encuentran mesas y sillas de cuero.  En las paredes se exhiben dos platones antiguos, en un rincón un mueble de madera torneada y tallada, un ceibó de madera también torneado y del techo cuelgan faroles metálicos.  En otro ángulo se puede apreciar una especie de botija labrada de bronce, con piedras incrustadas.

CÚA PUEBLO ABIERTO

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          Desde la época colonial centro de múltiples caminos y hoy epicentro de la red ferroviaria nacional.

        Desde épocas coloniales la población de Cúa representa una encrucijada de caminos, un pueblo con múltiples vías, estratégicamente ubicado. El camino antiguo del llano, pasaba por Tácata y Guiripa, tal vez por esa conexión del llano con el camino de Guiripa surgió la leyenda de Quirpa, el llanero que mataron en un joropo guiripeño.

        El otro camino del llano pasaba por las sabanetas de Ocumare, remontaba las montañas de la cadena del interior para salir al abra de Camatagua, pasando por los Cajones y Valle Morín, sin embargo el camino más usado a partir de 1.830, es el de Cúa a San Casimiro, pasando por las hermosas haciendas cafetaleras y cañeras de esta fértil región, camino ampliado por Guzmán Blanco entre 1.871 y 1,874, Este camino carretero utilizado por arrieros y puntas de ganado, era imposible para el uso de carretas y diligencias.

        Los carruajes jamás se veían por estos caminos, pues no estaban hechos para este tipo de vehículos. El Presidente venezolano Linares Alcántara quiso llegar a Cúa para conocer personalmente los efectos del terremoto de 1.878 y el carruaje en que venía sufrió un accidente en el paso de Maitana que le costó la vida al auriga y fuertes lesiones al Presidente Linares.

LA MALDICION Y EL CURA

Por: Manuel V. Monasterios G.

Ruinas de Cúa después del terremoto de 1878 

        Durante el año 1877 llegó a Cúa el Padre JOSE MARIA CESPEDES, Este Sacerdote era bastante moreno de piel, pero con facciones muy finas. Guzmán Blanco había puesto de moda el anticlericalismo, los principios de librepensadores y masones chocaban con la Iglesia Católica. El Gobierno de Guzmán introduce el matrimonio Civil, el registro Civil, desliga las actividades del estado de la influencia de la religión católica El padre Céspedes era un antiguzmancista que utilizaba el púlpito para descargar en sus sermones las actitudes del Presidente Guzmán Blanco contra el Arzobispo Guevara y Lira, el cierre de los conventos, la demolición de iglesias.

       El gobierno de Guzmán Blanco demolió el convento de las monjas Concepciones y construyó en su lugar el Palacio Federal, hoy sede del Poder Legislativo, demolió la Iglesia de San Pablo y construyó el teatro Guzmán Blanco, hoy conocido como Teatro Municipal. Confiscó las propiedades de la Iglesia. Prohibió el pago de diezmos y primicias. Expulsó del país varias congregaciones. Desterró al Arzobispo de Caracas Monseñor Dr. Silvestre Guevara y Lira En síntesis en aquella época pelear con al Iglesia Católica era un signo de tener una mentalidad de avanzada y progresista. Además Guzmán protegió la Masonería.

      El padre Céspedes mantenía su lucha contra el gobierno guzmancista, pero también los partidarios del Gobierno asumieron una posición hostil contra el sacerdote, para obligarlo a dejar la parroquia. Los partidarios de Guzmán Blanco querían ser más libre-pensadores y anti-clericales que Guzmán. Necesitaban, como siempre ha sido, demostrar su incondicionalidad al jefe máximo, imitando al jefe en sus manías anti-clericales, en sus peleas con la Iglesia. Para ese fin estaba como víctima perfecta el padre Céspedes.

        La tradición señala que el cura en sus sermones decía que llegaría el castigo de Dios, que muchos tendrían que morir bajo la furia de grandes tragedias, que la tierra se abriría y se tragaría pueblos enteros y solicitaba el arrepentimiento de sus feligreses. Algunos tomaban aquellas palabras proféticas del padre Céspedes a burla, incluso se puso de moda un refrán que decía: “Dame medio de queso y la ñapa me la das de terremoto”. Cuenta en sus crónicas el escritor Lucas Manzano, del libro “Caracas de Mil y Pico”, según relato oral de su abuelo el General Pablo Manzano, a quien le correspondió dirigir el cuerpo de tropas que estableció la custodia de la ciudad después del terremoto, para evitar desórdenes, saqueos y robos, cuenta Don Lucas “que la situación entre algunos habitantes de Cúa, principalmente de origen alemán (Habían en Cúa 11 alemanes) y el sacerdote era muy tensa”.

     Un día el Padre Céspedes celebraba la misa y cuando destapó el Copón saltó una pequeña serpiente que habían ocultado dentro de la sagrada vasija. Estaba por comenzar la Semana Santa de 1878. Era el día jueves 11 de abril, el cura terminó la misa e informado de quienes habían sido los promotores de semejante sacrilegio, se fue a la casa parroquial, recogió sus cosas, las monto en un burro y tomó el camino a Charallave, al llegar a la salida del pueblo, donde hoy está la ceiba de la Cruz Verde, según dice la tradición y reafirma Don Lucas, lanzó una maldición contra el pueblo y sacudió sus sandalias, en señal de no querer llevar ni el polvo de Cúa.

       Esta leyenda se contaba de generación en generación, tal vez sea producto de la imaginación de los pueblos. Lo cierto fue que ocurrió lo que el cura anunciaba.

     Aquel viernes del Concilio 12 de abril de 1878 a las 8.00 p.m. la floreciente ciudad de Cúa quedó totalmente destruida. La población fue el epicentro de un terremoto, la mayoría de las casas quedaron en ruinas, los muertos y heridos se contaban por miles, la vieja casona de la Hacienda Lecumberry, fue una de las pocas que se salvó del poder de la naturaleza y se improvisó como hospital de campaña para atender a los heridos, el templo parroquial de Cúa quedó completamente destruido.

     Así, por mandato de la naturaleza termino la época de oro de la llamada PERLA DEL TUY.  Se inicia desde el primer momento el auxilio del gobierno nacional, presidido en ese momento, por el General Francisco Linares Alcántara, quien se hizo presente en la población. Se contaron por miles los muertos y heridos, los daños materiales sumaron varios millones por la destrucción de casi todas las viviendas del pueblo. El primer asilo de huérfanos de Caracas, fundado por iniciativa del Dr. Agustín Aveledo, para atender los huérfanos del terremoto. Esta tragedia, históricamente marca el comienzo de la decadencia de una ciudad que prometía gran progreso espiritual y material. El éxodo y el estancamiento dominan la vida cueña por décadas.

Iglesia de Cúa, Año de 1926

Emma Soler (Ignacia Villasana)

Compilado por: Iván López

      Ignacia Villasana nació en la población tuyera de Cúa, el 08 de julio de 1868, nombre que, al comenzar su carrera como actriz de teatro, cambiará por el de Emma Soler, de acuerdo a sugerencia que le hiciera el periodista y empresario Gabriel Aramburo, fundador de la Compañía Infantil Venezolana, la primera en su género, formada, de acuerdo a lo divulgado por el historiador Carlos Salas, por niños menores de quince años, encontrándose entre ellos Ignacia Villasana, con esta compañía cada diciembre interpretaba “nacimientos” en la Plaza La Pastora de Caracas, con los que alcanzaron bastantes éxitos por su precocidad artística.

      De la empresa arriba señalada también formó parte el gran músico José Ángel Montero, autor de la ópera “Virginia”. Cuando corría el año de 1880, en Caracas se conocían los llamados teatros de aficionados. En las carteleras de estas modestas instituciones, comenzará a figurar el nombre de la jovencita Ignacia Villasana.

       Don Carlos Salas, en su bien documentado trabajo “Historia del Teatro en Caracas”, al retratar de cuerpo entero a Emma Soler nos dice: “Empezó actuando en las plazas públicas y en los teatros de corral, donde eran representados cuadros vivos y Nacimientos”. Durante los meses de 1887 se le verá al lado del gran actor Teófilo Leal (amigo de Ignacia desde su Infancia), actuando bajo la sombra de la Compañía Americana, en 1889, salieron contratados Emma y Teófilo para Maracaibo, con  Don Enrique Terradas y Gutiérrez.

     En Maracaibo se separaron, yéndose Teófilo en la Compañía de Gerardo López del Castillo, para Centro América y Buenos Aires, hasta 1913, cuando regresa para trabajar de nuevo con Emma y Emilita Montes, en el desaparecido Teatro Caracas. Y ella en su condición de actriz y empresaria en compañía de los actores venezolanos, Guillermo Bolívar y Manuel Vicente Pellicer, realiza triunfal gira artística por El Llano y Los Andes venezolanos.

        En la capital zuliana Emma Soler actuó en obras escritas por el poeta Udón Pérez. En esa histórica ciudad, con su lago, la laguna de Sinamaica y los relámpagos del río Catatumbo, a Emma Soler la elevan a la condición de primera dama del teatro nacional. Viajó a la isla de Puerto Rico, donde, así lo reseña Carlos Salas, triunfó clamorosamente, al lado de un grupo de actores y actrices, al presentar el drama “Tierra baja” de Guimará.

       Otro inquieto trabajador teatral,  Luis Julio Bermúdez, en su ensayo “Cuento y Recuento”, nos dejó la siguiente pincelada sobre  tan destacada figura del teatro nacional:

“Anduvo por los teatros de Colombia. Se mostró en todo Centroamérica. Todavía en Santo Domingo y Puerto Rico hay gente que recuerdan las alienaciones colectivas que ella producía al salir al tablado… Cantó en todos los tonos y actuó en todos los estilos, pues para eso tenía la extraordinaria facultad de pasar con todo brillo desde el libreto clásico “y en prosa” hasta la zarzuela de moda”.

         Los públicos de Colombia, Venezuela y todo Centroamérica enloquecieron por aplaudirla cuando interpretaba, trasmutada en masculino personaje, el Don Juan, de Zorrilla. Porque era la más extraordinaria intérprete del Teatro latinoamericano de todos los tiempos, convertía cada texto en un “pretexto” para mostrar grandeza.”

       Siguiendo con Don Carlos Salas, quien también brilló con luz propia como actor, y, de acuerdo a lo por él compilado y publicado en su tratado sobre el teatro en Caracas, al describir el papel jugado por Emma Soler en los dominios del teatro, escribe:

“De una inspiración extraordinaria, sabía dar a cada papel el valor justo y adecuado, por insignificante que fuera: por ello llegó a interpretar el género lírico o dramático con soltura y dominio, pues lo mismo hacía la primera tiple de  zarzuela, que la primera actriz de los dramas de Echegaray o Dicenta o de algún autor venezolano; así, un día hacía  la Margarita de “El anillo de hierro”, o el Roberto de “La tempestad”, o la Inés o el Don Juan  de la célebre obra de Zorrilla, o la Rosa, de “Juan José”.

         Su nombre se mantuvo, al lado de otras aplaudidas figuras, en la Compañía de Argudín-Otazo. Su figura se desplazó con perfecto dominio de su arte en las tablas del Teatro Municipal, contratada por la empresa de Arcadio Azuaga y en la de Roncoroni-Sandra, que tuvo a Teatro Caracas como punto de referencia de sus presentaciones. Al ser rebautizado el Teatro “Guzmán Blanco”, con el nombre de Teatro Municipal, según decreto firmado por el presidente Rojas Paúl, en su inauguración  se presentó la Compañía Americana, donde Emma Soler formaba parte de su elenco al lado del magistral actor Teófilo Leal.

        Por cierto, la empresa arriba nombrada va a iniciar sus presentaciones en 1887 en el Teatro Caracas, donde Emma Soler fue muy aplaudida en cada una de sus actuaciones. Al ser reinaugurado este centro teatral, el 14 de marzo de 1886, se presenta la Compañía Alcaraz-Palau, escenificando la zarzuela “Los dos genios” y la opereta “Boccacio”, donde Emma Soler personificó a Isabel, alcanzando un rotundo éxito.  Al abrir sus puertas el teatro “Follies Dramátique” el año de 1885, situado cerca de Puente de Hierro, conocido en esa época como “Puente regeneración”, ya Emma Soler brillaba con luz propia.

     Emma Soler va a morir en Caracas, el 06 de octubre de 1916, cuando cruzaba los 48 años de edad. Su trayectoria en el universo teatral se tiene, así lo sostienen  críticos, historiadores y conocedores de la materia, como una de las más brillantes actrices de teatro de nuestro país. He aquí, ya para cerrar esta nota, lo plasmado por Luis Julio Bermúdez: “La gloria se sostienen sobre limpios recursos; se alimenta del profundo conocimiento del oficio; se apoya sobre la autoridad ganada en tantos y tan honrosos desempeños.

         La gloria de Emma Soler partía de un claro y abundoso expediente que iba desde la dirección cabal hasta el sereno y elevado magisterio. Emma Soler lo supo siempre. Por eso ella nunca se negó a recibir en sus filas a los jóvenes aspirantes.”

    He allí una parte de lo que significó, de acuerdo a las investigaciones históricas cumplidas por Don Carlos Salas y Luis Julio Bermúdez, Emma Soler en los dominios del arte y la cultura nacional,  orgullo de Cúa, del estado Miranda y de toda Venezuela.

Bibliografía:

Sánchez Jesús María, Emma Soler (Ignacia Villasana) Diario el Avance; Los Teques.

Fuentes José Rafael, Emma Soler Cueña, http://www.Tucuy.com, Cúa.

Emma Soler Actriz Venezolana, sin autor, Revista Elite, año 1941, Caracas, Venezuela.