Historia regional y local del Valle del Tuy

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La plaza Bolívar de Santa Lucía: Epicentro socio-cultural del pueblo Luciteño

Por: Juan Manuel Carrasco.

     La Plaza Bolívar de Santa Lucía, una de las poblaciones de los Valles del Tuy que aún conserva su aspecto colonial, es el espacio público más importante y resaltante del municipio Paz Castillo del estado Miranda, dado que en ese sitio tienen lugar las diversas actividades socio-culturales que tanto autoridades como ciudadanos tienen a bien ejecutar, alcanzando de ese modo el título de “epicentro” social, cultural, económico y político de esa entidad.

Plaza Bolívar de Santa Lucía del Tuy.Panorámica de la Plaza Bolívar de Santa Lucía del Tuy, Foto de Juan Manuel Carrasco.

Historia

     Hablar de este espacio es remontarse a los inicios mismos de Santa Lucía como pueblo mixto, a partir del año 1750, cuando es gestionada por el presbítero Marcos Reyes Cueto -refundador de esa población- la construcción del templo parroquial de la localidad. Hasta ese momento, el sitio que más adelante sería destinado a la “Plaza Pública y Cementerio” consistía en un promontorio, una baja meseta entre las quebradas El Tigre y Agua Bendita, y que hacía parte de unos terrenos adquiridos por el propio Reyes Cueto para la edificación de la nueva población. En aquellos primeros tiempos, la plaza, llamada “de armas”, era tan solo una cuadra frente a la iglesia, desprovisto de árboles, posiblemente empedrado, con un cementerio colindante en su borde norte, y divididos por una acequia que llevaba el agua del río Guaire hasta los campos cultivados de las haciendas, así como a las casas de las familias más acaudaladas.

     La mitad norte de la actual Plaza Bolívar, como se mencionó más arriba, sirvió de descanso eterno para muchos de los primeros moradores de la Santa Lucía de Reyes Cueto, y perduró en ese lugar desde 1750 hasta 1842, año este último de su mudanza al actual Cementerio Viejo, al norte de esa población.  Como dato curioso, durante las remodelaciones hechas a la plaza en 2006 por el Gobierno Municipal de Paz Castillo, trabajadores que excavaban las bases para el pedestal de la estatua de El Libertador en el centro de la mitad norte de la plaza, hallaron varios restos humanos, huesos y cráneos que se pulverizaron al tratar de sacarlos.

     A partir de 1842, y después de haber retirado los restos de los sepultados en el antiguo cementerio, la plaza Bolívar fue ensanchada, es decir: el espacio ya no se limitaría a una cuadra, sino que abarcaría el espacio del viejo cementerio, formando, en vez de un cuadrado, un rectángulo. La acequia sigue en su lugar, pero ya no divide visualmente la plaza, tomando la forma “alargada” que tiene hoy en día..

Escenario de honra y muerte

     La plaza Bolívar Luciteña no estuvo lejos de los acontecimientos históricos del pasado venezolano, y se conocen al menos dos hechos de cierta relevancia cuyos testigos fueron las esquinas de ese espacio público. El primero, acaecido en junio de 1821, cuando el victorioso general José Francisco Bermúdez, luego de vencer en la Batalla de Altos de Macuto, y haciendo uso de la gallardía propia del estamento militar de la época, rinde honores y funerales militares en esta plaza a su contrincante español, general Lucas González, muerto en esa batalla. Su cuerpo está aún sepultado bajo los arcos de la iglesia parroquial Luciteña.

     El segundo hecho acaecido en los espacios de la referida plaza, más lamentable, fue la masacre realizada en el antiguo Cuartel Militar (hoy sede del Banco Occidental de Descuento de Santa Lucía) de un total de 19 efectivos militares, en 1822, a manos de las hordas del sanguinario bandolero Dionisio Cisneros. La historia cuenta que Cisneros emboscó de noche a los soldados, un total de 20, los cuales a su vez lo esperaban según un plan para capturarlo. El bandolero pudo hacerse con el cuartel y todo el parque militar, mandando luego a pasar por las armas a 19 soldados, salvándose sólo uno, según la leyenda, porque sabía tocar el redoblante. Los condenados, luego de ser fusilados frente a la plaza, fueron cargados hasta un lugar, hoy en día desconocido, siendo luego “alanceados” y destrozados los cuerpos a bayonetazos, y según dice la leyenda, “la sangre corrió hasta llegar detrás de la iglesia”.

Árboles centenarios

     La Plaza Bolívar Luciteña, hoy en día, luce en sus jardines, además de cuatro hermosas fuentes -que lamentablemente funcionan sólo durante las fiestas patronales- un techo vegetal formado por la unión de árboles de diferentes especies (en su mayoría árboles de mamón), cuyas características son las de ser “siempre verdes”. Alberga también plantas ornamentales y coloridas, así como un ejemplar del “Roso Blanco”, árbol emblemático del Estado Miranda, y un araguaney que florece entre marzo y mayo.

     Esta “alameda”, como era conocida en épocas pretéritas, fue creada entre los años 1872 y 1876, según los libros de actas del Concejo Municipal de esos años, por orden de los concejales de la época, basándose en la moda del momento para los espacios públicos, influenciada por el “afrancesamiento” traído al país por el “Ilustre Americano”, Antonio Guzmán Blanco. Durante muchos años fue centro de esta plaza un busto de El Libertador, colocado sobre una columna de apariencia clásica, otorgándole un aspecto afrancesado, por lo que se deduce que dicho busto fue colocado en época Guzmancista. Hoy, sobre un pedestal de concreto recubierto por mármol gris oscuro, una estatua de Bolívar con la espada desenvainada mira desde sus alturas a la sociedad Luciteña, sin que ésta se dé cuenta de que él está allí aún.

PLAZA EN PELIGRO

     Muchos de los que aún aprecian a esta población, sus calles y especialmente su Plaza Bolívar -una de las más hermosas de los Valles del Tuy-, en donde las familias Luciteñas se sientan en las tardes con sus hijos y amigos para distraerse o descansar, ven con preocupación cómo estos espacios son poco a poco destruidos por el mal uso que ciertas personan le dan, y ante la mirada pasiva de las autoridades. Inconsciencia, irrespeto, uso de bicicletas, patines y patinetas, alcohólicos, vándalos, colocación de afiches y demás actividades destructivas, tienden a quitarle a este espacio la virtud de ser el lugar por excelencia para el encuentro social y cultural de Luciteños y Luciteñas.

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SANTA LUCÍA NACIÓ HACE 389 AÑOS EN LAS MONTAÑAS DE TURGUA

Por: Juan M. Carrasco D.

     Han pasado ya 389 años desde que la primera comunidad que llevó el patronato de Santa Lucía en estas tierras, desde las montañas de Turgua en El Hatillo hasta las riberas del Río Guaire en su curso hacia el caudaloso Tuy, se instaló como una encomienda de indios mariches, teques, caracas y otros pueblos indígenas de otras latitudes de Venezuela. Era el 23 de enero del año 1621, ya la espada y la cruz habían hecho lo que la “España Imperial” requería se hiciera en estas tierras vírgenes: conquistar y adoctrinar en la Fe cristiana. Desde la primigenia Santiago de León de Caracas, los enviados del Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, Don Francisco de La Hoz Berrío, y el Obispo de Caracas, Fray Don Gonzalo de Angulo, se disponían a ejecutar desde finales de 1620 lo ordenado por la Real Cédula del 3 de agosto de ese año, es decir, la creación de un rosario de pueblos a lo largo y ancho de la provincia, utilizando como base la figura de las “encomiendas”, base estructural y social de la mayoría de los pueblos y ciudades en la América Latina.

Templo de Santa Lucia, Foto de Juan Manuel Carrasco, 2010.

     Los ejecutores de esa voluntad real, el Juez Comisario Pedro José Gutiérrez de Lugo y el Vicario de Caracas, Presbítero Gabriel de Mendoza, rodeados de población indígena de las encomiendas que hacían vida en los alrededores de la Caracas colonial, fueron fundando los pueblos de Guatire, Petare, Baruta y Santa Lucía, por nombrar los primeros de esa serie. En el caso de Santa Lucía –al que nos referimos en este artículo-, es, si se quiere, el único pueblo de esa serie que no conserva su ubicación original de fundación, como ya dijimos, realizada el 23 de enero de 1621, en un alto denominado por los pobladores indígenas de la región “Pariaguán”, en tierras del actual municipio El Hatillo, y a la cabecera de la quebrada denominada “Prepo” por los mariches.

     Esa comunidad primigenia permaneció entre las montañas de Turgua desde 1621 hasta 1696, es decir, 75 años. Según investigaciones realizadas por nuestro amigo el Licenciado Álvaro García Castro, en su “Cronología de Santa Lucía 1560 – 1749 – 1821”, junto al inolvidable Padre Mariano Marianchich, para ese año de 1696 se registra el último entierro en Pariaguán, donde existen aún restos de un cementerio, la iglesia y casa parroquial. La pregunta es ¿a dónde se trasladaron estos primeros “luciteños”? ¿por qué razón abandonaron ese primer sitio de fundación?. La primera interrogante nos la contesta el mencionado investigador en su “Cronología”: el 6 de junio de 1700 se menciona una Real Cédula dirigida al Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela de ese año, solicitándole un informe acerca del traslado de los indios de Santa Lucía de Pariaguán al sitio denominado como “Messi”, ubicado al parecer en los actuales Altos Mirandinos.

     Paralelamente, el Presbítero Vicente Núñez Colado, cura para ese entonces de Guarenas, atiende la Ermita de Santa Lucía y Siquire (conocida por los luciteños actuales como “Ermita de Macuto”), aldea conformada posiblemente por indígenas venidos de la primera fundación de Santa Lucía en el sitio de Pariaguán, junto a esclavos de las haciendas circundantes, a orillas del río Guaire y la desembocadura de nuestra quebrada Siquire. ¿Será que nuestros primeros pobladores, en vista de los problemas de insalubridad, excesiva humedad y frío, además de la imposibilidad de las comunicaciones a caballo por falta de caminos seguros y secos, se dividieron en dos grupos que decidieron tomar caminos diferentes para sobrevivir? De hecho, los primeros en abandonar el sitio de Santa Lucía de Pariaguán, los llegados al sitio de “Messi” o “de las Yeguas”, fundaron allí un poblado, que luego sería el San Diego de los Altos que todos conocemos. Una prueba de esta afirmación es que en los archivos parroquiales de esta población reposan los documentos más antiguos que hacen referencia al sitio “de Pariaguán”.

     El otro grupo, reacio a abandonar “el sitio y lugar donde reposan sus ancestros”, es decir, la Santa Lucía de Pariaguán fundada en 1621, hacían ya 79 años atrás, en vista quizás de un brote de enfermedades relacionadas con la excesiva humedad del ambiente selvático y de montaña del lugar, deciden renunciar a sus ancestros y permiten dejarse guiar, río abajo, hasta un lugar que les permita rehacer sus vidas en comunidad y religión. Es allí donde aparece entonces la comunidad alrededor de la “Ermita de Santa Lucía y Siquire” o “de Macuto”, situada a orillas del río Guaire, en una meseta o, como la denominaban los mariches en su lenguaje, “nagua”. Allí, sobre ese lugar, construyeron con piedras del río, barro y caña brava sus chozas y su iglesia: reconstruyeron allí sus vidas.

     Unos 49 años después de re-asentada la población proveniente de la 1era Santa Lucía, y después de convivir sin la guía regular de ningún cura doctrinero, fue apartándose de la formación cristiana. Dos curas enviados a rescatar “a estas almas descarriadas”, el Presbítero Pedro García Castellanos, primero, y Fray Marcos Reyes Cueto, después, darían forma a la sociedad actual de la Santa Lucía que conocemos. El primero decidió, en 1721, elevar la ermita de Santa Lucía y Siquire a nuevo curato. El segundo, más concretamente el verdadero refundador de nuestro pueblo, Padre Reyes Cueto, siendo cura de Guarenas, ya por 1739 comenzó a interesarse por el estado de los habitantes de la 2da fundación de Santa Lucía a orillas del río Guaire, tomando medidas legales para proceder a la reubicación del pequeño poblado. Por esto fue acusado por las autoridades de la época. Finalmente, su compasión y amor a los pobres que habitaban esa aldea de la Ermita de Macuto ganó. El 13 de diciembre de 1749, día de nuestra patrona, es nombrado cura propio de Santa Lucía. Podía ya entonces cumplir su deseo: mudar el pueblo y reordenarlo de mejor manera.

     Sin embargo, los más de 26 hacendados que rodeaban el sitio de la ermita se opusieron a la mudanza del poblado a donde actualmente se encuentra. En 1750 el padre Reyes Cueto escribe su encomiable alegato “Razones por qué hacer pueblo” (sic), con el cual los enfrenta legalmente. Entre el 13 de abril y el 21 de mayo de ese mismo año le son concedidos los permisos para mudar el pueblo y construir una nueva iglesia. El 19 de marzo del año siguiente, en 1751, coloca la primera piedra de la Iglesia de Santa Lucía V. y M., en el sitio de la quebrada Agua Bendita, y el 3 de abril de 1755, en un acto de verdadero desprendimiento, dona todas sus tierras a perpetuidad a los pobladores más desposeídos, quienes de esa manera darían forma al pueblo de Santa Lucía como lo conocemos hoy.

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FUENTE

GARCÍA CASTRO, Álvaro – MARIANCHICH, Fray Mariano. Cronología de Santa Lucía 1560 – 1749 – 1821. Publicación de la Alcaldía de Paz Castillo, 1995

SOBRE EL ORIGEN DE NUESTRO PUEBLO SANTA LUCÍA (PARTE I)

Por: Juan M. Carrasco D.

     ¿Qué nuevas cosas podremos narrar acerca de nuestra Santa Lucía? ¿Qué hemos hecho nosotros, sujetos activos de la historia, para dejar constancia de nuestras acciones individuales o colectivas? ¿Acaso nosotros, seres comunicantes, hemos registrado los nuevos hechos, las acciones de nuestra generación, del presente, para que sean conocidas por quienes nos seguirán, en vez de seguir repitiendo estérilmente, año tras año y autor tras autor, lo ya conocido y gastado, sin nada nuevo qué agregar y que merezca la curiosidad indómita de buenos investigadores? ¿Quién ha obviado las diferencias culturales o políticas que siempre dividen al hombre y osó vez alguna contar la historia de nuestros hermanos y hermanas venidos de Vargas o los aciertos de una gestión que finalmente converge en esa poderosa “panacea social” llamada Poder Popular?1

Vista aérea del casco colonial de Santa Lucía (capital del municipio Paz Castillo, Valles del Tuy, Edo. Miranda). Tomada hacia mediados de la década de 1950, por el fotógrafo luciteño Emilio Yamín (q.e.p.d.)

     Estas y otras interrogantes fulminan desde hace ya mucho tiempo mi intelecto, cuando pasaba horas sumergido en los pocos libros que podrían contarme a mí, venido a este pueblo desde la capital hace 15 años, acerca de nuestro pueblo, su historia, y guiarme sobre qué podría yo agregarle de valor y novedad. Tenía por entonces tan sólo 13 años.2

Santa Lucía

Dulce tú, pueblo, en laudes coronado,
Por recias cumbres y campos ya sembrados,
Perla luciente, bella madre mía,
Santa Lucía.

Si te empeñaste en que a ti yo te escribiera
De tus paisajes así y o consentido,
En tus tranquilas calles y tus lares
Yo aquí me quedo.3

     Santa Lucía, llamada “del Tuy” por unos, “de Pariaguán” en sus orígenes, y “del Guaire” por críticos y muy serios historiadores,4 nació originalmente entre las frías y húmedas montañas del sureste de Caracas como una “encomienda”, un día como hoy, 23 de Enero de 1621. Venidos desde el recién fundado pueblo de Baruta, un tropel de hombres y mujeres de casta aborigen y guiados por el juez poblador Don Pedro José Gutiérrez de Lugo y el juez comisario y representante de la Iglesia Católica, Padre Gabriel de Mendoza, hasta el sitio de “Paria-Húa”, que en lengua caribe significa “Mar Eterno” o “Gran Valle”, fundando en la cabecera de la legendaria y mágica quebrada de Prepo, que en lengua mariche quiere decir “caña brava”, lugar que fuera durante la invasión española hogar de una pequeña tribu de igual nación y subordinada al mandato de los caciques Tamanaco y Aricabacuto.

     España empuñaba, una vez más en un olvidado e inhóspito lugar de nuestra América del Sur, la espada y la cruz. Quedaba así compuesta la nueva comunidad, integrada por indígenas de raza otomana, cumanagota, mariche, caquetía y caraca, mezcla que hicieran los españoles como método para destruir la unidad e identidad de nuestros pueblos aborígenes, con el fin de facilitar su dominación. Desde ese momento y por un poco más de 80 años, la primigenia Santa Lucía vivió, a la luz de los documentos que dicen de sus primeros días y que se han hallado, en parte, en San Diego de Los Altos y otros archivos eclesiásticos,5 como una comunidad pacífica dedicada a las labores del campo y al aprendizaje de la doctrina cristiana, de la mano de sacerdotes, aquellos curas llamados “doctrineros”, encargados de instruir a los indígenas en religión y en los europeizantes aspectos de la cultura invasora.

     Cabe destacar que hace poco pude darme cuenta que, para el momento de esa “primera fundación” -después vendrían la segunda, que se cree forma parte de las muy bien conocidas por nosotros como “Ruinas de la Ermita de Macuto”, y la tercera, obra de vida de nuestro visionario Padre Marcos Reyes Cueto y que conforma nuestro actual pueblo- asistió al acto un personaje nativo llamado por los españoles “Don Diego de Baruta”, al parecer principal o cacique de los indios encomendados que formarían a esa primera Santa Lucía y a los pueblos de Baruta y Petare. Hace años leí acerca de la historia de este personaje, que fue cacique de los indios teques y caracas, hijo y heredero de la corona de cuatro plumas que llevaba su padre, el gran cacique “El que gobierna las “Muchas Aguas” (¿Gran Valle? ¿Gran Nación?), Púa Aguda”, Kuapo-tolli Waika E’puru ,6 o para nosotros simplemente Guaicaipuro. Dicho personaje parece haber sido el mismo Cacique Baruta, ya entrado en años, puesto como “principal” de estos nuevos poblamientos o encomiendas.7

     Entre el 14 de febrero 1696, fecha en la cual se registra el último entierro en el sitio de Pariaguán, y el 6 de junio de 1700, dicha comunidad primera de Santa Lucía parece haberse visto sumergida en una pequeña “edad media”: enfermedades, discrepancias entre caciques y pobladores, la fiereza de la naturaleza del lugar, el difícil acceso de los animales de carga… en fin, situaciones que no están documentadas pero que suponen un motivo para que hayan abandonado esa primera Santa Lucía. Encontramos por entonces a un grupo de indios desgajados de esa encomienda poblando un segundo sitio, llamado por ellos “Messi” o “Sitio de las Yeguas o Yaguas”, esto hacia el año de 1702, y muy a pesar de los esfuerzos de la Corona Española y el Gobernador de la Provincia de Venezuela, nunca pudieron volverlos al abandonado sitio de Pariaguán, por las dificultades de llegar de nuevo hasta aquel lugar. Se fundaba así, el actual pueblo de San Diego de Los Altos.

     Pero un segundo grupo de indios, aquellos que se resistieron a la mudanza de lugar desde Santa Lucía de Pariaguán hasta Messi, apelando a que “Pariaguán era el sitio de sus ancestros”, aguantó por muy poco tiempo los desaires de esa naturaleza boscosa y húmeda a orillas de la quebrada Prepo, y rompiendo con el lazo que los unía al “lugar de sus ancestros” terminaron huyendo de la inclemencia del agua, el barro y las enfermedades, bajando por dicha quebrada de Prepo hasta la quebrada Tusmare o “Río Primero” en lengua mariche, pasando luego al Río Guaire, donde pudieron haber embarcado para bajar a otro pequeño valle, que los indios tamanaku de la nación mariche denominaban “Súa-Paria” y “Chi-quir-quir”, en lengua caribe “Pequeño Valle” o Soapire, y “Hasta aquí los Quiri-Quires”, nuestro amado Siquire.

     A orillas del Río Guaire, en una pequeña meseta frente a la desembocadura del Río Siquire, y siguiendo, a pesar de los más de 80 años de españolización, la costumbre religiosa de los Mariches de erigir sus templos o “naguas” en sitios altos, aquel segundo grupo de pre-luciteños se estableció de forma desordenada, construyendo de barro, piedras y caña amarga la Ermita de Macuto. Permanecería este grupo humano en ese nuevo lugar durante 50 años. La comunidad estaría desde 1700 hasta 1721 sin cura doctrinero.

   Corre el año de 1739. Al sitio de la “Ermita de Macuto de Santa Lucía y Siquire”, lugar que poco a poco fue convirtiéndose en lugar de congregación católica de negros esclavos e indios de las más de 26 haciendas del lugar, habíase llegado desde Guarenas un laborioso franciscano de 31 años,8 que vio en esa segunda población de Santa Lucía la posible materialización de una obra para Dios y para el Rey: construir un pueblo mejor distribuido urbanísticamente y habitado por buenas y trabajadoras almas. Demostraba así su carácter de visionario, de hombre interesado por el colectivo, de hombre social, en desapego de las cosas materiales. Diez años más tendrían que pasar para que las ideas de nuestro Padre Reyes Cueto pudieran cumplirse, pues el 13 de Diciembre de 1949, Día de Nuestra Patraña Santa Lucía Virgen y Mártir, fue nombrado como cura propio de Santa Lucía.

     A partir de ese momento comenzó un debate entre la disposición de Reyes Cueto para mudar el pueblo a mejor sitio y el egoísmo de algunos de los 26 hacendados que se negaban a que esto se hiciera realidad, diatriba que el hábil franciscano supo contrarrestar en 1750 a través de un poderoso y magnífico alegato al Rey, denominado “Razones sobre el por qué hacer un pueblo” (sic). Ese mismo año, el Provisor y Vicario General Don Pedro Thamarón y el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, Don Julián Arriaga, otorgan los permisos necesarios para que se mude el pueblo al sitio de “Agua Bendita” y se construya un nuevo templo con todo lo requerido por el para entonces estricto ritual eclesiástico. Entre el 19 de marzo de 1751 y el 3 de abril de 1755, el ahora Presbítero Marcos Reyes Cueto, hombre de consenso e inestimables valores socialistas, dio rienda suelta a su empeñosa y proverbial hazaña de cristiana caridad: construye el actual Templo y Santuario parroquial de Santa Lucía con la ayuda de esclavos, indios y pardos, a la vez que dona sin gravamen alguno y ad infinitum todas sus tierras a los más pobres, tierras que hoy por hoy conforman esas perfectas cuadras y calles de nuestra eterna Santa Lucía, a la cual amamos, admiramos, cantamos, pintamos y gobernamos. Sigamos, pues, esa senda que nos trazó Reyes Cueto, haciendo de su enseña nuestro lema:”Para edificar y plantar”.9

Vista del casco central de Santa Lucía, desde el cerro El Amarillo. Fotografía de Juan Manuel Carrasco Davila, 2009 

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1 En este primer párrafo y a manera de introducción, usando la figura de las “preguntas retóricas”, reflejo aquello que ha sido siempre mi inquietud: ¿quién se ha encargado de registrar la historia reciente? Sabemos que muchos podemos acumular hechos y acciones durante un determinado período de tiempo, que si los difundimos oralmente pueden caer en la simple anécdota o leyenda y que si, por el contrario, los anotamos o recogemos de forma escrita pueden perdurar por siglos, contando con exactas palabras esos hechos y acciones del presente. Es un grito al colectivo para que asuman el registro de la historia reciente, sin alejarse de lo pasado.

2 Ciertamente pasé muchas veces recostado sobre algún libro que me hablase de la historia de ese pueblo al que vine a vivir por disposición de mis padres, muchas veces metido en la Biblioteca Pública.

3 Este pequeño poema, escrito imitando los sáficos del poeta clásico Horacio, es un pequeño homenaje a esa disposición mía de no querer abandonar el pueblo al que me debo.

4 “Santa Lucía, llamada “del Tuy” por unos, “de Pariaguán” en sus orígenes, y “del Gualre” por críticos y muy serios historiadores”, referencia semi-satírica que hago sobre aquella confusión a la que a veces tendemos los luciteños cuando tratamos de referenciar geográficamente a nuestro pueblo. Santa Lucía del Tuy, usada hasta por una prestigiosa casa de estudios privada de esta ciudad, a mi parecer, está mal que se use, pero es del común del colectivo. Santa Lucía de Pariaguán, a mi juicio, la mejor acepción como nombre, pues se ajusta a nuestros orígenes y respeta la toponimia ancestral, pero desafortunadamente poco conocida por las nuevas generaciones. Y, finalmente, Santa Lucía del Guaire, otra acepción justa para una versión extendida de nuestro común gentilicio, pero que horrorizaría a cualquiera, pues “Guaire” ha pasado a ser sinónimo de “sucio, asqueroso y detestable”. Esta última torma de llamar a nuestro pueblo fue profusamente utilizada por el historiador tuyero Diógenes Molina, en su edificante libro El Granero de Caracas, “un crítico y muy serio investigador”.

5 El acta de fundación de Santa Lucía de Pariaguán -esa encomienda en la cual insisto que ha debido ser la primera fundación de nuestro amado pueblo- fue hallada en el Archivo Arquidiocesano de Caracas por el Lic. Álvaro García Castro, cuando era este miembro investigador de la Fundación Polar.

6 “Kua” = agua; “po” = partícula aumentativa que significa “mucho, bastante”; “tolli” o “tori” = El que gobierna, literalmente “la montaña”, de “to”, que significa “cerro”. Sobre el nombre de Guaicaipuro en dialecto aractoeque de la lengua Caribe: “waik” = púa; “e’puru” = agudo.

7 Para este dato importante sobre la posible presencia del cacique Baruta en la primera fundación de Santa Lucía reseñaré en otra entrega el relato completo de estas afirmaciones, basado en la información que digo haber hallado y contrastado.

8  Si tomamos como fecha de su nacimiento el año 1720 (García Castro, en su Cronología de Santa Lucía 1560 – 1749 – 1821) es posible que el Padre Marcos Reyes Cueto, fundador del pueblo de Santa Lucía en su sitio actual, haya tenido 31 años de edad para cuando llegó a la Ermita de Macuto.

9 En el documento escrito por el Padre Marcos Reyes Cueto como alegato al Rey, en latín “Ut Edifices et Plantes”, parece ser esta su enseña o frase impulsadora de su proyecto de refundación.

REFERENCIAS

GARCÍA CASTRO, Álvaro. Cronología de Santa Lucía 1560 – 1749 – 1821. Publicación de la Alcaldía de Paz Castillo, 1995.

NAVAS MORALES, Santiago. Anécdotas y Gente de Santa Lucía. 2da Ed., Los Teques, 1992.

PERERA, Ambrosio. Orígenes Históricos de Santa Lucía. Artículo que forma parte del libro Santa Lucía de Pariaguán. Un pueblo del Estado Miranda (1621 – 1981), pp. 11-17. Tomado a su vez del libro del referido autor Caracas. Siglo XVII. Tres primeros pueblos, 1967, pp. 73-80.

DE ARMELLADA, Fray Cesáreo. El Rdo. Pbro. Bachiller Marcos Reies Cueto, fundador de la Iglesia y Pueblo en el Valles de Santa Lucía (1749 a 1979). Artículo que forma parte del libro Santa Lucía de Pariaguán. Un pueblo del Estado Miranda (1621 – 1981), pp. 19-27.

MARIANCHICH, Fray Mariano. Calendario del Pbro. Br. Dn. Marcos Reies Cueto. Artículo que forma parte del libro Santa Lucía de Pariaguán. Un pueblo del Estado Miranda (1621 – 1981), pp. 29-34.

MOLINA CASTRO, Diógenes. El Granero de Caracas. Los Valles del Tuy: Del señorío colonial al urbanismo perolero. 1era Ed., FEDUPEL, 2002.

ALVARADO, Lisandro. Glosario de Voces Indígenas de Venezuela, de 1921, y Datos Etnográficos de Venezuela, de 1945.