Historia regional y local del Valle del Tuy

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Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Cúa para 1926.

Por: Iván López CaleroIglesia Nuestra Señora del Rosario de Cúa, Año 1926 (2)

  La fotografía es una herramienta de expresión muy poderosa, cada imagen encierra en sí misma un conjunto de anécdotas o historias, algunas veces complejas y otras muy sencillas, pero todas dignas de ser narradas, esto último podemos hacerlo a través de la foto descripción o la narración descriptiva de una imagen, con la finalidad de contar esas crónicas o historias, de lo observado y capturado por algún fotógrafo, en algún determinado momento y lugar. Susan Sontag en su obra “Sobre la fotografía” 1973, expresa lo siguiente:

Toda fotografía tiene múltiples significados; en efecto, ver algo en forma de fotografía es estar ante un objeto de potencial fascinación. La sabiduría esencial de la imagen fotográfica es la superficie, Ahora piensen o más bien sientan, intuyan, qué hay más allá, cómo debe de ser la realidad si ésta es su apariencia. Las fotografías, que en sí mismas no explican nada, son inagotables invitaciones a la deducción, la especulación y la fantasía.

     Por tanto toda fotografía tiene a cuestas una o varias historias y al usarla únicamente como una herramienta para contar una historia, estaremos haciendo “narración descriptiva de una imagen”. De allí que la fotografía pasa a tener un papel protagónico como documento primario en la reconstrucción del discurso histórico y no solo a ser accesorio complementario de éste, incluso el registro gráfico de lo construido en una población o ciudad por el hombre, (edificios, monumentos, carreteras, trenes, etc.) ya a través de la pintura o de la fotografía, constituye una imprescindible fuente primaria para la revisión del pasado de éstas, que nos permite apreciar  y comprender con mayor amplitud el ordenamiento o el flujo de las diversas transiciones que se debieron realizar para el desarrollo o crecimiento de esos espacios geográficos. 

     Partiendo de lo antes expuesto, y empleando esta técnica de narración descriptiva, en el presente artículo revisaremos una fotografía de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de la población de Cúa, con la finalidad de realizar una breve relación histórica o crónica de la misma y la descripción de la citada imagen que resguarda un momento específico de relevante importancia en su historia.

La crónica

     La iglesia nuestra señora del Rosario ubicada en la población de Cúa, del actual Municipio Urdaneta del Estado Bolivariano de Miranda, es según las diversas crónicas esgrimidas por diversos investigadores el quinto templo, iglesia o recinto de la religión católica referido en sus diversos escritos y que ha tenido esta población de Cúa.

      La primera referencia acerca de un recinto religioso católico o iglesia en la población de Cúa es el de una pequeña capilla o curato, ubicada dentro de las tierras de la hacienda Marín para principios del siglo XVII, (cosa que por cierto en la época era común que en cada hacienda hubiese una capilla)  la cual se considera como la primera hacienda en las tierras de la hoy Cúa, al parecer esta capilla fue construida para la doctrina de los aborígenes y de los esclavizados africanos y que por ser la única en varias leguas a la redonda también usaron los blancos, son varias las hipótesis acerca de en advocación ha cual santo estaba dedicada, ya que algunos exponen que a la Virgen de la Barbanera, otros que al Jesús Nazareno, pero la teoría que al final se ha impuesto es la de en advocación a la Virgen de Santa Rosa de Lima,incluso al primer poblado,que al parecer quedaba dentro de la hacienda, se le conoció con el nombre de Santa Rosa de Marín.

     Posteriormente el año de 1641 se registra un terrible terremoto en Caracas con réplicas de catastróficas consecuencias para este poblado, lo que hace pensar a los pobladores (que por cierto en su mayoría eran esclavos) que el pueblo se debe mudar, cosa que no ocurre pues los dueños de las haciendas no lo permiten, luego se registran constantes inundaciones que sufriera la hacienda por el constante crecimiento del Río Tuy lo cual se regía por condiciones climáticas periódicas en su mayoría impredecibles (el niño, temporada de huracanes del Caribe, la niña, entre otros), razón que determina mudar el poblado.

     Para mediados del siglo XVIII se comienza a construir en las llamadas tierras de la Cúa o la Cuana un poblado, esto en una loma alta que quedaba fuera de los terrenos de la llamada hacienda Marín, es en este lugar donde se registra la construcción del segundo templo católico o la segunda iglesia, (que realmente vendría a ser el primero construido con esa utilidad) aún en advocación a Santa Rosa de Lima,el Obispo Don Diego Antonio Diez de Madroñero en una visita pastoral realizada a la población de Cúa el 1° de Noviembre de 1762 señaló en sus escritos lo siguiente:

Que la nueva iglesia se está construyendo en el sitio de la Cúa o la Cuana y que estaba a medio construir, la ubicación de este nuevo Templo no contaba con el apoyo de los dueños de haciendas, pues en su mayoría eran partidarios en que el pueblo debía continuar en terrenos de la hacienda del Marques del Toro, o sea en Marín. (Sic)

     Al parecer estas tierras de la Cúa o Cuana habían sido adquiridas por la Religión Católica, y por tanto el Obispo Madroñero se empeñó en que se construyera allí el nuevo poblado, incluso lo ordenó a los hacendados rehaceos en un comunicado posterior donde expresaba:

“El Obispo Madroñero, bajo pena de excomunión, dispone que se forme pueblo en el sitio señalado de la Cúa o Cuana. Por ser terrenos propios, con bastante paz y descubierto terreno, el lugar es apropiado y se puede formar una grande plaza y alrededor de ella situar muchas casas”. (Sic)

     Este templo es una construcción modesta con techos de rafas y palmas con paredes de bahareque aunque de mayor tamaño que su predecesor. El 10 de diciembre de 1765 es bendecido ese nuevo templo e incluso se celebra la primera misa por el padre Juan José de la Sierra. El día 21 de octubre de 1766 ocurre otro terremoto en Caracas a eso de las 4:30 de la tarde, cuyas réplicas también se sienten en Cúa y ocasionan destrozos, incluida la iglesia la cual queda muy debilitada, luego en el año de 1774 por orden o disposición del provisor Padre Dr. José María Muñoz se designa a la Santísima Virgen del Rosario como patrona titular de Cúa y como patrona menos principal a Santa Rosa de Lima, el cura párroco para ese momento era don Nicolás Antonio Colón y Soto, quien prestó servicio en ese Curato de Marín desde el día 19 de febrero de 1772.

    El día 2 de junio de 1783 visita la población de Cúa el Obispo Mariano Martí y describe la iglesia en su Libro personal con las siguientes palabras:

Su titular es Nuestra Señora del Rosario. Su fábrica material es de una nave cuyas paredes son de tapias y raphas encaladas por dentro y fuera y el techo de Texas sobre tablas alfardas y tirantes labrados, obra limpia y hermosa. Tiene poco más de nueve varas de ancho en limpio y quarenta de largo, inclusive diez que ocupa la capilla mayor, distinguida del cuerpo de la Iglesia con gradas en el pavimento, techo superior en forma de encapillado y un hermoso y elevado arco de ladrillo. Tiene tres puertas grandes, las dos en los costados y la una al frente con su fachada de ladrillo y sobre esta puerta está formado el Coro de tablas y vigas y a un lado de la fachada hai un torreon de mamposteria cubierto con media naranja de ladrillo dividido en dos cuerpos, de los quales el bajo sirve de baptisterio con puerta de arco hacia la iglesia y en el mas alto están las campanas”. (Sic, pág. 283)

     Ese segundo templo fue destrozado por las secuelas del terremoto ocurrido en Caracas el año de 1812 y reconstruido posteriormente en 1846 por Fray Blas Giner, y para ese momento el cura párroco de Cúa era Mariano Arocha, haciéndolo más grande en tamaño, altura y se le da la forma de iglesia a tres naves, se mejoran los materiales de construcción ya que fueron usados ladrillos en vez de adobes, los techos elevados y construidos con maderas y tejas de arcilla, con grandes puertas y ventanales, convirtiéndose así en el tercer templo o Iglesia de la población de Cúa, el mismo sería bendecido en 1855 por el presbítero Guevara y Lira, éste templo sería destruido por un terremoto cuyo epicentro fue justamente la población de Cúa el 12 de abril de 1878 a las 8 y 30 minutos de la noche.

Ruinas de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Cúa, Foto publicada en el Cojo Ilustrado Nº 69 año III del 1º de Noviembre de 1894Ruinas de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Cúa, Foto publicada en el Cojo Ilustrado Nº 69, año III, del 1º de Noviembre de 1894.

     Fueron muchas las pérdidas humanas y materiales ocasionadas por el  terremoto de 1878 a la población de Cúa y a ésta le costó mucho tiempo recuperarse de tal situación, el templo quedó completamente en ruinas, no se toma la decisión de reconstruir rápidamente pues existen otras prioridades y por no contar con presupuesto para su recuperación, se tomó la decisión de acondicionar un lugar como provisional para las funciones de la iglesia, a éste lugar y con el paso del tiempo las personas del pueblo lo llamaron “La Iglesita” siendo éste el cuarto templo católico de la población, el cual funcionó como provisoria hasta 1929 cuando se reinauguró el actual templo, la misma quedaba al final de la Calle que hoy tanto el lugar donde estuvo emplazada como la calle se le conocen como “La Gruta”  pues luego de haberse caído la capilla, allí se construyó una gruta dedicada a la virgen de La Coromoto.

Antigua Iglesita de Cúa sobre la calle la Gruta, Cúa, Año 1922.Antigua Iglesíta de Cúa sobre la calle la Gruta, Cúa, Año 1922.

     Después de varios intentos para reconstruir la antigua iglesia en el mismo lugar donde estaba el segundo y tercer templo, se comienza firmemente su recuperación por iniciativa de la propia comunidad cueña y el 22 de Mayo de 1909 (según datos suministrados por Manuel Vicente Monasterios) se constituye la primera junta para la reconstrucción del templo, integrada por el Padre Mejías como Presidente, Don José Arvelo como Tesorero, Don Julián Carías como Secretario de Correspondencia y Don Francisco Manzo como Secretario de Actas. Se nombraron juntas subalternas en los caseríos y vecindarios para motivar la participación de la feligresía, conseguir fondos y organizar las llamadas fajinas, trabajo comunitario y voluntario donde participaba toda la población.

     El día 27 de enero de 1917 se colocó en acto solemne la piedra fundacional para la reconstrucción del templo, con la presencia de Monseñor Dr. Felipe Rincón González, Arzobispo de Caracas. Los trabajos terminaron el año de 1929 y la directiva de la Junta que finaliza la construcción en ese año estaba presidida por el padre Juan Bautista Miralles, el General Roseliano Luque como Vice-Presidente, el Coronel Don Tomás Hugo Quiroba como Tesorero y Don Francisco Manzo como Secretario. Se abrió al público con una misa en la cual el Monseñor Dr. Felipe Rincón González, bendijo el templo el 27 de enero de 1929, este templo fue consagrado el 09 de octubre de 2009, por Monseñor Freddy Jesús Fuenmayor Suárez.

La descripción de la Imagen de 1926

      La imagen que ha motivado este artículo, con la finalidad de ser descrita, fue tomada el año de 1926, originalmente es de color sepia, en material fotográfico con dimensiones de 06 x 03 pulgadas y ha sido resguardada por la familia Fuentes – Robles de la población de Cúa, algo que nos llama mucho la atención es que la imagen fue impresa invertida en sus laterales y al digitalizarla se realizó la inversión tomando como referencia la cordillera del interior.

     Al revisar la fotografía la primera pregunta que surgió fue ¿desde qué punto fue capturada la imagen? y la respuesta se obtiene al ubicar la sección de la cordillera del interior que corresponde hoy día al pie de monte de la llamada Colonia Mendoza,  entre los Cerros del Tigre y Cerro Colorado, lo que permite a su vez identificar la ubicación del fotógrafo, aproximadamente sobre la estructura de la antigua Iglesíta la cual quedaba al final de la Calle La Gruta y sobre la Calle Bolívar, esto también porque desde ese lugar justamente da una visión de la cara lateral derecha de la iglesia con relación a su construcción orientada de sur al norte.

Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Cúa, Año 1926 (2)

     En la imagen el elemento principal es el edificio de la Iglesia y se puede apreciar su cúpula posterior y el remate en forma de capullos de flor de las dos torres delanteras destacando en color blanco, también resaltan unos andamios que apoyados sobre la cara frontal de la iglesia en la torre izquierda se usaban en el trabajo de mampostería de la fachada en ese momento, además se observa que el resto de la estructura se encuentra en obra limpia, esto es sin ser recubiertos los ladrillos o adobes empleados en la construcción con yeso, cemento o algún otro tipo de argamasa.

     Al observar la foto no dejan de llamar la atención los techos de tejas con sus caídas a medias aguas y los diferentes patios internos de las casas y es que como hemos afirmado la fotografía fue tomada desde la antigua torre de la Iglesíta (hoy desaparecida) y por tanto ese detalle permite justamente ir escudriñando y al mismo tiempo revelando la ubicación de la Calle Comercio y de la Calle Zamora e incluso del lugar que después conoceríamos como Las Oficinas del Sistema de Riego y luego como  La Purina o una tienda de venta de productos avícolas que funcionó desde la década de los setentas hasta bien entrados los 80.

     En esta foto se puede apreciar casi en su centro una pared blanca que permite identificar el final de la Calle Comercio de Cúa, uniéndose con la Calle Gral. Zamora, ese lugar es conocido como la esquina de Los Cuatro Vientos, como nota anecdótica agregamos que en esa casa de pared blanca estuvo ubicada la carpintería de Salvador Minicozzi en la década de los 50.

      A la izquierda del que observa se puede apreciar en extensión hasta el pie de monte de la serranía del interior una llanura poblada de árboles y es que llama nuestra atención justo porque en ese lugar hoy día se encuentra ubicada la Urbanización Lecumberry y que en la imagen se puede apreciar cómo era en la época las tierras de La Hacienda, incluso revelando los límites del pueblo que solo llegaban hasta lo que se llamaban los corrales en la hoy avenida perimetral (Avenida que acotamos no existía para la época de esta foto).

     A través de esta imagen se constatan las crónicas de la reconstrucción de la iglesia hasta el año de 1929, ya que se observa en ella los andamios y los indicios de la restauración y reconstrucción del templo, además permite observar los avances que ha recibido la estructura al contrastarla con las variaciones que la misma iglesia ha sufrido hasta la actualidad, también se pueden verificar las variaciones que han sufrido las casas, las calles de Cúa y las tierras de la Hacienda Lecumberry llevadas de productivos cultivos a urbanización residencial en la década de los años 70, una imagen que permite contrastar lo observado en el ayer y el hoy,  reforzando las crónicas de la ciudad de Cúa y el Municipio Urdaneta, fortaleciendo así la identidad local y el sentido de pertenencia de los Cueños y porque no decirlo, también de los tuyeros.

Fuentes Consultadas              

  • Archivo fotográfico de la familia Fuentes-Robles.
  • Archivos de la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Cúa.
  • Martí, Obispo Mariano. Documentos Relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas. (1771-1784). Caracas, Academia Nacional de la Historia, Imprenta Torino, Tomo II, Libro personal, 1998. 746 pp.
  • Monasterios Gómez, Manuel, “Crónicas de Cúa”, Editorial Francisco de Miranda, Los Teques, Venezuela, 2012, 456 pp.
  • Revista “El Cojo Ilustrado” Nº 69, año III, del 1º de Noviembre de 1894.
  • Sontag, Susan, “Sobre la Fotografía” Alfaguara, Santillana Ediciones Generales, Litografía Ingramex S.A. de C.V., México D.F., México, Primera Edición, 2006, 290 pp.
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Las viejas pulperías de mi pueblo.

Por: Manuel V. Monasterios G.

Calles de Cúa, carboncillo.

     Las crónicas y los historiadores han sido un poco mezquinos al describir el origen, la fundación y el crecimiento de nuestras ciudades y pueblos, colocando en lugar muy oculto, tal como si fuese pecado hablar de las pulperías y los pulperos. La verdad es que en un pueblo podían que pasar años para construir el templo, la casa de gobierno, la cárcel y el hospital, pero desde el primer día estaba el pulpero como centro económico de la nueva ciudad, para garantizarle a la comunidad el suministro de los comestibles y el estipendio de alcoholes a la nueva población.

Anuncio Publicitario, Semanario Cué 1932.

Anuncio Publicitario en RETO 70 año 1970.

     Los hidalgos que llegaron de la madre patria consideraban el trabajo en general como una actividad impropia de su condición aristocrática. Un caballero español, un noble aunque fuese de baja categoría jamás se podría dedicar a profesiones reservadas a las clases bajas. Pulpero, médico, artesano, agricultor no eran las profesiones de los “hijos de alguien” o hidalgos. Ellos podían pertenecer a Las Milicias de Blancos, hacerse curas o letrados en leyes. Para los trabajos manuales estaban los esclavos. Para la pulpería llegaban los canarios (Nativos de la islas Canarias). Eran los isleños los pulperos, los mayordomos de las haciendas cacaoteras, los arrieros que llevaban y traían mercancías. Eran los cosecheros medianeros. Los fundadores de pueblos. Los Tenientes de Justicia. Jueces de Comisos, como Juan Francisco de León, canario fundador de Panaquire, en la región de Barlovento y cabeza visible del alzamiento de hacendados y cosecheros contra el monopolio impuesto por la Real Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII.

     F. Depons, viajero francés, investigador y cronista nos describe la pulpería caraqueña de comienzos del siglo XIX:”Su surtido consiste en cerámica, quincalla barata, herramientas, vinos, azúcar, jamón, grasas, frutos secos, queso, tafia, etc. Sobre otras tiendas tiene la ventaja de no estar obligadas a cerrar los días de fiesta y los domingos. Son tan necesarias que hay que tenerlas abiertas desde el alba hasta las nueve de la noche. (….)Para no engañarse, no hay objeto que se venda con menos del ciento por ciento de beneficio, a menudo el doble o el triple. Es así, a costa de detalles desagradables y penosos como se  echan las bases de fortunas que no se dan en ningún otro oficio”.

Imagen de La Azucena la casa comercial más antigua de Cúa.

Esta publicidad aparecida en el primer periódico de Cúa el “Semanario Cué” data de 1933.

     Las grandes fortunas amasadas durante el período colonial están atadas a la producción de cacao y añil con la explotación mano de obra esclava y a la venta de mercancías a través de  las pulperías y tiendas. Los” grandes cacaos” o los mantuanos eran propietarios de estos expendios de mercancías, pero tenían prohibido atenderlas, para lo cual siempre contaban con los emigrantes canarios. Éstos casi siempre terminaban montando pulpería propia. En la historia colonial hay casos muy interesantes como el terorense (Gran Canaria) Don Bernardo Rodríguez del Toro ( Primer Marqués) quien además de gran hacendado, era mercader importador y exportador, armador propietario de barcos mercantes y propietario de una cadena de pulperías y tiendas en las principales ciudades del país. Todas atendidas por sus paisanos. Don Juan Vicente Bolívar y Ponte, el padre de Simón Bolívar, era propietario en el puerto de la Guaira, específicamente en el callejón Muchinga, detrás de la casa de Compañía Guipuzcoana de varios almacenes para surtir de mercancía importada el comercio caraqueño, además de ejercer el cargo de oficial real (Agente aduanero para controlar el contrabando).

     Muy conocido es el caso del canario Don Sebastián Francisco de Miranda, portuense (Puerto de la Cruz), padre del Precursor Generalísimo Don Francisco de Miranda, quien era un mercader con una tienda de géneros alternada con víveres, se le acusa de indigno de portar el uniforme y distintivos de la Milicias de Blancos, por su condición de pulpero y amasador de pan (Panadero). La sociedad colonial era totalmente estamentaria, muy rígida en los usos sociales.

Por decisión del Consejo de Indias, el 20 de diciembre de 1804 estableció la diferencia entre bodegueros y pulperos, considerando que la bodega se dedica a las mercancías importadas  (Mayoreo). Los pulperos estaban en el último escalafón de la sociedad colonial venezolana.

     La Independencia nacional, en los primeros años de gran violencia, tuvo como protagonistas algunos pulperos que cambiaron el mostrador por las armas. José Tomás Boves, fue un exitoso comerciante radicado en Calabozo. Francisco Rosete, el azote de Ocumare del Tuy en el pavoroso año de 1814, era un aventajado pulpero en el pueblo de Taguay.  El General Ezequiel Zamora, máximo caudillo militar de la Guerra Federal en 1859, también fue un próspero pulpero de Villa de Cura.

     La pulpería durante el siglo XIX y parte del siglo XX era el alma de las comunidades, allí lo mismo se vendía una libra de tasajo, o un kilo de queso; se discutía del último alzamiento de algún caudillo colorado o azul; se leía la prensa nacional; se prestaba dinero a interés; se jugaba en la trastienda una partida de dominó, de blanco y negro; se jugaba  a los gallos de pelea, o se apostaba al boche clavado en el anexo campo de bolas criollas. Es cierto que su actividad era machista, las damas debían estar en su casa y jamás pisar esos “clubes masculinos” llamados pulperías. Generalmente el padre de familia era el encargado de realizar las compras personalmente. Las muchachas del servicio también realizaban las compras y recibían los bonos, cartoncitos donde se marcaban los gastos hechos, por ejemplo si se gastaba un bolívar se le anotaba un bono de seis céntimos. Estos bonos se cambiaban por efectivo, también se gastaban en la misma pulpería. A los muchachos que también hacían los mandados se les daba la ñapa, la cual podía ser un caramelo, “rule” como le decían al papelón, o San Simón que era papelón con queso blanco llanero.

Publicidad año 1932 Primera venta de gasolina que funcionó en Cúa (Los Corrales).

Publicidad  Reto 70 año 1969.

     En las pulperías se fiaba a algunas personas que trabajaban y cobraban semanal o quincenal, religiosamente los sábados o el fin de quincena se cancelaba, porque si no le cortaban el crédito. El “fiao” se aplicaba a personas selectas, en todas las pulperías había letreros muy grandes, aunque mucha gente no sabía leer, que confirmaban la acción del fiar o no.

Algunos de estos letreros afirmaban:

Aquí murió el fiar /y el prestar también murió /Porque lo ayudó/a morir el mal pagar.

Otro impreso decía en letras grandes y negras:

Si fío pierdo lo mío/ Si cobro, al cobrar molesto/ y para librarme de esto/Ni fío, ni doy, ni presto.

Hoy no fío, mañana, sí.

.- El que fía no está, salió a cobrar.

.- Sólo confiamos en Dios los demás pagan de contado.

.- El que fiaba murió  saludos le dejó.

.- Sólo le fiamos a los mayores de cien años que traigan a sus abuelos como fiadores.

    El clásico de todos los avisos una policromía, por el vestuario se podía deducir que eran norteamericanos. El cuadro generalmente enmarcado con veradas de caña amarga, dividido por la mitad, del lado izquierdo un personaje arruinado, flaco, con ropas roídas, las manos en la cabeza, rodeado de ratas y papeles, con la caja fuerte vacía y el letras arqueadas las palabras: “Yo vendí a Credito” y del lado derecho un personaje gordo , bien vestido, reflejando bonanza, con la caja de caudales llena que decía:” Yo vendí al contado”.

     Este cromo impreso a color debe haber influido mucho en el inconsciente colectivo del venezolano. El estereotipo del triunfador y del fracasado por el manejo adecuado del “fiao” o venta a crédito. En esos años se usaban poco los bancos, todas las operaciones se realizaba con moneda de curso legal. Nadie emitía un cheque, eran más aceptados los vales, los pagarés y los giros para operaciones de mayor cuantía. 

     La mejor ubicación de las pulperías era en las esquinas de la cuadra, porque tenían tres o cuatro puertas por el frente y una por la esquina. El mostrador de madera ocupaba todo lo ancho, dejando un espacio para los clientes, en los andenes, generalmente de ladrillo se habían  adosado unas argollas donde se amarraban los burros y las mulas, utilizados como transporte de mercancias, al final del día había un muchacho encargado de recoger los cagajones que dejaban las bestias.

    Contra la pared estaban las armaduras de madera donde se colocaban en orden pre-establecido gran parte de la mercancia. Papelones, botellas de ron, aguardiente legal, pues el de contrabando estaba en una caleta, cerveza, anis del mono,, vino tinto. Había en la armadura un departamento especial para las velas, unas eran de cera y otras de cebo, estas últimas estaban colgadas en un especie de racimo. Al lado los mazos y las cajetillas de cigarrillo, los tabacos artesanales, junto al papel de escribir, los sobres, los lápices,las plumas, las plumillas, la tinta, entre otros.

La bodega del Señor Delpiani en La Magdalena, Una reliquia y una añoranza de otras épocas.