Historia regional y local del Valle del Tuy

Archivo para la Categoría "Leyendas, Mitos y Otros Relatos del Tuy"

El niño y la bruja

Por: Edgar Rivero

     El olor del café recién hecho se entremezclaba con los sueños de aquel pequeñuelo que yacía envuelto entre las cobijas dando vueltas sin sentido, se había acostado muy cansado la noche anterior por las correrías y asustado, porque su padre había encontrado una mapanare en el gallinero matándola de un certero machetazo, la noche se vestía de un negro intenso y solo la luz de una vela que sostenía su hermano podía alumbrar a su padre que con la respiración entrecortada, un corazón dando tumbos y un sudor frío, pasaba el susto. Habían salido a buscar huevos para la cena.

         ¡Cristofué! ¡Cristofué!

         Antero abre los ojos impresionados y se levanta corriendo hacia la ventana que daba al cuarto y en la cima de un tamarindo logra ver al ave que lo acaba de despertar.

          ¡Cristofué! ¡Cristofué!

          ¡Anterooo! A levantarse pa’ que le lleve el desayuno a su taita y  a su hermano.

          ¡ Ya me desperté ma’!

          ¡Cristofué! Cristofué!    

      Antero le lanzo una mirada picara al ave que se fue a otro árbol con un suave planear a continuar con su característico canto, luego Antero salió afuera de la casa y se lavó la cara con el agua que estaba en una tapara para ahuyentar lo que le quedaba del sueño. Al regresar nuevamente a la casa de bahareque donde vivían, se colocó sus alpargatas y  mientras lo hacía se acordó de aquella linda señorita del pueblo y de los zapatos que llevaba puesto y de cómo le dio pena aquel día, pero eso ya no le importaba porque estaba en su campo y a sus anchas.

           ¡Écheme la bendición maita! Arrodillándose a continuación.

           ¡Dios me lo bendiga mijo! Ahí está su desayuno.

       Una arepa hecha con el maíz que fue pilado al atardecer, un rico queso, suculentas caraotas y leche fresca esperaban al niño.

           ¡Antero come rápido mijo que su taita lo espera! (más…)

Glosa Tuyera.

Por: Miguel García Mackle.

Agua dulce en el cantar,

grito de pleito y alcohol,

negros tostados al sol,

sudorosos de bailar,

así somos al gozar

los del Tuy, negros ligeros

que olvidamos los esmeros

 sin saber si los tuvimos

y que aquí y allá decimos:

Nosotros “semos” tuyeros.

 

Por todo el valle cantamos

con el arpa y los tambores

llevando negras con flores

las noches que las bailamos.

Y cuando afuera nos vamos

con nuestras fiestas algún día,

no olvidamos todavía

que estando en otros terrenos

somos tuyeros morenos

de Yare y Santa Lucía.

 

La copla salta en derroche

con sal sabrosa y fecunda

que al cuerpo del negro inunda

de alegre sombra en la noche.

La madrugada en su coche

llega abriendo sus auroras

y el arpa en cuerdas sonoras

libera aún sus jilgueros,

porque en el Tuy, los tuyeros

cantamos a todas horas.

 

Y aunque tenemos el llanto

del indio triste en la vena,

sentimos la sangre llena

de valor y no de espanto,

y le rezamos al santo

y bailamos en su día

de”corríos” y alegría

a San Juan, con mucha gente,

con tambor y aguardiente

pues “semos” de buena cría.

 

Poema tomado del libro Poesía Édita, editorial PROVARIAS, C.A. Caracas, Venezuela, 1992, 342 pp.

La Sayona en Cúa.

Por: Manuel V. Monasterios G.

la sayona imagen tomada de www.leyendasycuentosdeterror.comLa Sayona, imagen tomada de http://www.leyendasycuentosdeterror.com.jpg

    La sayona es una tradición oral que se remonta varios siglos atrás en la historia de América latina. Podemos sintetizar diciendo que es u na mujer que espanta a los hombres con características muy bien definidas: Enorme estatura, el uso de una saya larga y negra, con una larguísima cola y dos cintas blancas en la frente. Sus ojos son cóncavos y suelen despedir un  fulgor rojizo, cuando camina sus huesos parece que chocaran por falta de carne lo cual produce un ruido que espanta, sus quejidos y lamentos terminan aterrando a quienes la oyen.

     Cuentan los abuelos que  en el Callejón del Calicanto,  conocido como Los Corrales, cerca del viejo canal de riego, salía una enorme mujer vestida con un fabuloso sayón negro y cuando los hombres la perseguían desaparecía detrás de un enorme samán, sin dejar ningún rastro. Hasta que un día  el compadre Pedrito González caminaba a eso de las 11 de la noche rumbo al rio, donde había quedado a encontrarse con una hermosa muchacha, que lo había citado  a ese lugar; de pronto vio a lo lejos entre la oscuridad de la  noche y la luz de la luna la figura de una mujer muy alta, con una larga cabellera que resplandecía como rayos de plata.

     Pedrito se propuso alcanzarla, al llegar al samán, donde siempre desaparecía  el espanto, esta vez cambió de actitud y se detuvo a esperar al hombre que venía a paso rápido, cuando la encontró estaba de espaldas y al voltear la cara, Pedro vio a una mujer blanca como un cadáver con unos dientes como hachas blancas, Pedrito del susto se devuelve corriendo, cuando llega a la esquina de los Jabillos, se  encontró con la mujer nuevamente en la puerta de Los Corrales, la figura espeluznante lo  sorprendió y le extendió los brazos para estrecharlo y así lo hizo. Pedro sintió que el fuego lo quemaba, aterrorizado logró zafarse del espanto y corrió desesperadamente hasta llegar a su casa y se encontró con su comadre que le preguntó que le pasaba, Pedro le narró lo sucedido y la comadre le dijo:

–          Compadre esa es la Sayona de Los  Corrales que salió tal vez porque usted andaba detrás de otra mujer, Cuídese  que se lo digo yo.

–           El compadre Pedro después de esa experiencia jamás volvió  a ser infiel a su mujer.

     Dicen que todavía se ve en las noches veraneras de hermosa luna,  caminando por los alrededores de la Urbanización Lecumberry, también por la avenida Perimetral donde más de un conductor se han topado con una mujer alta caminado entre El Condado y Aparay, contaba en sus crónicas el difunto periodista Emar P. Carvallo Camero que varios Don Juanes en busca de aventuras han pasado por la desagradable experiencia de ver frente a frente a la Sayona. Entre la Calichosa y Araguita en la carreta Cúa-San Casimiro, a altas horas de la noche una hermosa mujer saca la mano pidiéndole a los choferes que se detengan, quienes han cometido ese grave error la han pasado muy mal.

     Se recomienda tener mucho cuidado al circular en las noches por las calles y caminos de Cúa, porque además de la inseguridad se puede encontrar con La Sayona.

Noche de terror cerca de Cúa

Por: Juan de Dios Sánchez.

     Estaba a medio llenar uno de  los vagones del tren que nos llevaría desde Caracas hasta Cúa, la perla del Tuy a la que íbamos a participar en trabajos de reuniones sobre los hechos y personajes históricos esenciales de los pueblos mirandinos.

      Íbamos acompañados de uno de los nietos y su asombro no tenia linderos porque aquella inmensa maquinaria que empezaría a moverse pronto y las anchas ventanas le daban, sin duda, una hermosa sensación de poder, bienestar y felicidad. Cuando mi nieto se dio cuenta del paisaje advirtió con estupor muy tierno que todo era muy grande. Mientras mis ojos se llenaban de fulgida ternura pensé en Manuel Monasterios que es un artesano del amor que debemos tenerle a estas tierras y a quien me une afectos intensos y siempre avivados. Con su fuerza y sentido empezamos este viaje incluido nieto y el siempre vigente recuerdo de Manuel.

      Al frente iba un amable señor de edad indefinida, periódico en mano y amplia sonrisa, de fácil conversación y dispuesto a comentar todas las cosas que estaban ya impresas y en sus manos.

      Soltó dos breves comentarios sobre béisbol y sobre política y una inevitable pregunta que fue el final de una simple explicación. “Soy maestro, de la vieja escuela”, me dijo y todos los fines de semana vengo a visitar  una de mis hijas quien  vive en Cúa con su esposo, me dijo en su pulcro lenguaje de educador. Y usted, me preguntó: ¿viene a menudo a esta ciudad calurosa pero amable, llena de historia y de tradiciones?

      Le explique a lo que venia y sonrió pero con una infinita picardía en la mirada me dijo: “hoy es dos de noviembre, día de los muertos y este es un día para tener mucho cuidado en Cúa  sobre todo el sector llamado La Providencia y más concretamente en la curva del Jagüey porque esta noche y en ese sitio, una mujer de siniestra  sonrisa ronda para espantar a quien pueda o a quien no se ha cuidado de las advertencias” dijo,  acentuando su picardía y misterio.

      “Esta noche”, continuó hablando como si se refiriera a algo que había vivido en carne propia, “los muchachos y muchachas de La Providencia no salen de sus casas por el pavor que sienten y los consejos que prodigan padres y representantes que les indican que deben cuidarse”

      “Es un espanto horrible. Cuentan de ella que era muy hermosa y se vestía con gran elegancia. Esa belleza la muestra cuando se aparece ante usted y sus formas provocadoras le quitan el aliento, pero cuando habla su voz aunque es repelente se siente  agradable y cuando, después de haber entablado conversación con usted, le pide su nombre y usted se lo da, ella calla y deja ver su horrible cabeza que esta casi rebanada del todo y casi cuelga de lado. Es horrible, señor, horrible y asusta al más pintado”.

Damas Blancas

      Parranderos buenos, de esos que no se cortan ante nada han dejado fiestas en la noche muy tarde y han regresado por los caminos en busca de su casa y se encuentran con la visión que, como le dije, es hermosa al principio y han hablado con ella. Al final han sido encontrados tendidos en el suelo, temblando de miedo y terror  y arrepentidos de no haber  respetado la noche de los muertos como fue el primer reclamo que le hizo la bella desconocida quien  se le acercaba lentamente con insinuosos y suaves movimientos”.

     “Yo, hace ya muchos años, cuando estos poblados parecían estar en otro mundo por lo difícil que era venir a ellos tuve informaciones que me dieron viejos representantes y  abuelos de mis primeros alumnos en Cúa. Me contaban que la mujer hermosa y dulce estaba casada y tenia un hijito pequeño pero que le hacia caso a los requerimientos amorosos de un vecino y sucedió lo peor. Una tarde regresó el marido y encontró a su amada en el lecho con su amante”.

     “Entró en ira y con un machete le cortó la cabeza de su hermosa esposa que cayo sin vida a sus pies. Su alma en pena eterna y sufriendo el terrible castigo  espanta a quien puede buscando encontrar a su hijo perdido para que él le perdone el horrible pecado”.

     Y llegamos a Cúa, la amplia estación del tren invitaba a caminar hasta el Terminal de pasajeros para trasladarnos al centro de la ciudad. Nos despedimos del nuevo amigo y mientras lo veía irse sin prisa sentí curiosidad de saber cuantas cosas  de  nuestras mejores tradiciones guardaba aquella cabeza humilde, generosa y sabia.

Los dos himnos del estado Miranda

Por: Juan de Dios Sánchez.

     Con mucha autoridad en la voz, un viejo y noble amigo tuyero, me señalaba cuando conversábamos de todo tipo de cosas en su casa de Ocumare del Tuy:

“El caudillismo es la enfermedad de la Venezuela que tú narras y en nuestro estado Miranda, en  una cosa sagrada como es el Himno del estado, ese problema se evidenció tanto que… ¿tú no lo sabías? El estado tuvo dos himnos.

     Le manifesté que no lo sabía y me contó que, allá en los días de don Cipriano Castro, a quien los mirandinos le decíamos Aclamado de los Pueblos, el presidente del estado Miranda que era el general Mariano García le encargó a un poeta, muy bueno, por cierto,  y muy fino además, en eso de escribirle bellos elogios a Castro, para que redactara una letra para el himno de la entidad federal que destacara la figura del héroe invicto de los Andes. Aquello fue en 1905, a principios del año, cuando el poeta llamado Ayala Bofill recibió la encomienda y rápidamente, el 22 de mayo de 1905, fue decretado el Himno del estado que exaltaba las virtudes de Castro con aprestos marciales y heroicos.

     En el Himno se le llama invencible guerrero, de glorioso fulgor la espada y quien asegura la paz a la nación. Le bautizamos Fundador de la Paz  que fue el título del poema de Ayala Bofill y se estrena Himno del estado en medio de la admiración de aquellos gobernantes y seguidores del dictador.

    Desde el 22 de mayo de 1905 cuando fue decretado El Fundador de la Paz  como el Himno del estado hasta el 2 de diciembre de 1910 cuando fue decretado el que tenemos, pasaron más de cinco años. Ya, en diciembre de 1910, anda ya cerca de los cien años, la composición poética de Jacinto Añez con música del maestro petareño Germán Ubaldo Lira, fue proclamada como Himno del estado pasando el que venía sonando al olvido.

     En el nuevo Himno del estado, tocado por primera vez en un acto solemne en la Gobernación del estado que estaba ubicada aquí, en Ocumare del Tuy, bajo la dirección del propio maestro Lira, se notó la fuerza del Generalísimo Francisco de Miranda en todo el texto de la pieza, en la que se señalan grandes valores humanos, esenciales en la estructura de este tipo de composiciones.

     Todos los mirandinos hemos oído, en varias ocasiones el Himno del estado. Todos nos hemos sentido emocionados con el giro hermoso de su melodía y con la profundidad de su letra y mensaje: Gloria al Héroe Inmortal que destaca su bizarra figura en la Historia; del Cenit a la negra Carraca como pródiga fuente de gloria.

     De esa forma comienza el himno mirandino y nos deja, un mensaje digno de la grandeza del infortunado Mariscal de la Gironda, cuya figura sublime, se hunde en nuestros comienzos de nación. Dos líneas de buen verso, lo realzan a plenitud:

                                              Ante el odio y el crimen

                                              Su deber es luchar.

      De este modo me asegura el amigo tuyero se hizo justicia pero “para que lo sepas este estado tuyo, este estado mío, este estado Miranda tuvo dos himnos”.

El espanto de la calle Roscio

Por: Manuel V. Monasterios G.

     Los cuentos de aparecidos forman parte de las tradiciones y leyendas de nuestros pueblos. En este cuento se unen la leyenda y la hipótesis histórica, alrededor de la inmensa figura del general Ezequiel Zamora.

     José Francisco Machuca, coronel liberal, jefe de partidas en el alzamiento de “el mocho” Hernández, derrotado en todas las escaramuzas que con pretensiones épicas había librado. Sus trofeos de guerra fueron las vacas, los cochinos y las gallinas que sus tropas confiscaban con fines militares. Comenzando el siglo XX, por primera vez, formaba parte de la burocracia gubernamental, aquellos empleados que pasaban hasta tres años sin cobrar sus sueldos; el gobierno recién estrenado del general Cipriano Castro lo premió por sus méritos, con el cargo de jefe civil y militar de Cúa. Tenía intenciones de pasar una larga temporada, en el pueblo tuyero, incluso pensaba adquirir alguna finca para el engorde de ganado. Lo único que le molestaba era el intenso calor que hacía en aquel año, pues el día que llegó dejó la montura al sol y se le derritieron unos adornos de metal que tenía la chocontana, que había comprado en La Villa. El año anterior había azotado la langosta y el vómito negro, además, como complemento, tenía casi un año sin llover y las cosechas se habían perdido.

     Sin embargo era mejor convivir con aquel cúmulo de problemas que seguir como un proscrito, huyendo por aquellos caminos y montes, sin rumbo fijo, pasando hambre, durmiendo mal, con la esperanza de derrocar el gobierno para hacer justicia ante tantos desmanes. Su primera misión fue arrestar a cuatro “enemigos” del gobierno de La Restauración y remitirlos amarrados a la vieja prisión de La Rotunda en Caracas. Las detenciones eran sin formula de juicio. Llegaba la comisión a la casa del futuro preso, con mucha educación le decían: el coronel quiere hablar con usted, puede pasar por la jefatura; el candidato a los grillos, respondía que pasaría más tarde. Entonces el agente policial le decía que era ahora, porque la cosa era urgente y así lo llevaban, una vez en la jefatura, lo encerraban y le decían: “usted está a la orden del jefe civil”. La causa de la detención era variada, quizás por haber emitido una opinión contraria al nuevo gobierno, la cual llegaba a oídos del jefe civil gracias a los informantes, personajes existentes en todos los gobiernos. La principal función del jefe civil y militar era mantener el orden y la paz, evitar conspiraciones en la zona.

     El coronel José Francisco empezó la búsqueda de una casa que llenara sus aspiraciones familiares. Estaba cansado de vivir en la “galería acondicionada” en la casa de sus suegros en El Valle. Ellos le permitieron que se “arrimara” por su situación de revolucionario, ya que muy pocas veces estaba en el hogar. Ambicionaba una casa amplia con varias habitaciones, sala, comedor, cocina, patio, lavandero y corral, algo digno de su investidura de primera autoridad.

—Quiero vivir como gente respetable, Luisa merece una casa como siempre la ha soñado, donde ella sea la que mande y no este sometida a la voluntad de doña Anita, la suegra, muy buena pero siempre tirando puntas: “el que se casa, casa quiere”, “ya la galería le queda pequeña por los niños”.
—Ya es hora de vivir como Dios manda —decía el coronel—. Por ahora alquilo, después compro.

     En su búsqueda se enteró que el general Carballo tenía una buena casa por la Calle Roscio y la tenía desocupada, desde hacía algún tiempo. La fue a ver y le gustó, estaba bien conservada, con una “lechada” quedaba como nueva, además el alquiler no llegaba a 20 pesos. Así concretó el negocio con el General. Además contrató a un ebanista “machero” quien le elaboró los muebles de paleta, la cama grande y las dos de los muchachos, el comedor y el resto del moblaje lo trajo de El Valle.
     En menos de un mes estaba instalada la familia en su nuevo hogar, quejándose del calor, pero felices por la comodidad de la casa. Como era costumbre en la época se ofrecieron al vecindario y recibieron las visitas de cumplido de vecinos y amigos. Así empezaron a integrarse a la comunidad cueña de comienzos del siglo XX.Cada uno de los hijos tenía su propio cuarto, doña Luisa contrató dos muchachas como servicio de adentro, José, el aguador, fue contratado para llevar agua desde río Tuy hasta la casa, hacer los mandados y llevar a los dos niños hasta la escuelita “paga” de las hermanas Lugo.
     Una tarde estaba doña Luisa ocupada zurciendo unas sabanas y se acercó María Salomé, una de las muchachas de servicio, y le preguntó:

—Doña Luisa, ¿quién es ese catire con pelo “pasúo” que está sentado en el corral?
—María Salomé, seguro que te mojaste después de planchar y estás desvariando. Cuidado con un pasmo. ¿De qué catire hablas tú?
—Doña Luisa, yo no hablo “pajuatadas”. Allá en el corral, sentado en una silla de cuero, está ese señor. Yo pensaba que era de la familia.
—Vamos a ver.

     Se dirigen al corral ambas mujeres, pero allí no hay rastros del catire.

—¿Te fijas, María Salomé, que son imaginaciones tuyas? ¿Dónde está?
—Yo sólo sé que allí estaba. Dónde está ahora, no lo sé. 

     A los pocos días de aquel encuentro, doña Luisa, a eso de las seis de la tarde, fue al corral a recoger una ropa. Cuando regresaba, fijó la mirada hacia la mata de tamarindo y vio a un joven, vestido de militar, con un kepis, sobre la gorra militar un sombrero y en el sombrero una flor amarilla. Era en verdad un catire flaco y perfilado. Doña Luisa, temblando, trancó la puerta y se fue a la sala donde estaban sus hijos, no hizo comentarios para no angustiar a los muchachos. Apenas llegó el coronel, le dijo:

—Francisco José, tengo que decirte algo muy importante, sin que los muchachos se enteren.

     Se dirigen a la cocina y doña Luisa en voz baja le dice:

—En el corral está apareciendo un hombre que por su vestimenta es militar de la federación, aparece bajo el tamarindo sentado en una silla de cuero. Lo vio María Salomé hace días y yo lo vi hoy a las 6:00pm.
—Tú sabes bien Luisa, que yo soy escéptico. No creo en apariciones de muertos, creo en apariciones de vivos, puede ser un vecino que entra al solar a molestar, o tal vez buscando una de las muchachas de servicio. Vamos a ponerle atención y ya verás la “planazón” que le vamos a dar.
—Ojalá que sea así José Francisco, pero yo creo que es un espanto. No se sorprendió al verme, ni dio muestras de nerviosismo, solamente estaba sentado revisando unos papeles.

      No había pasado una semana y el hijo mayor del matrimonio, llamado Jacinto Antonio, le dice a su mamá que había estado conversando con un señor que estaba en el corral.

—Mamá ese señor es un militar como mi papá, me dijo que se llama Ezequiel, que estaba esperando a mi papá para hablar con él. Me dijo que había nacido en esta casa.

     La madre, sin poder articular palabra, no responde a las informaciones de su hijo. Apenas llega el coronel, le cuenta lo ocurrido. Este se dirige al corral en busca del extraño, pero en el corral no hay señales del militar. El coronel José Francisco busca datos clarificadores en el pueblo sobre aquella casa de la calle Roscio, donde vivía con su familia. Don Luis Hermoso, el registrador, le informa que esa casa perteneció a don Antonio José Zamora, hermano de don Alejandro Zamora el padre del general Ezequiel Zamora. Fue esa la casa donde nació el general de la federación, porque esa era la casa que tenían en este pueblo, desde donde se comerciaba con el llano desde la época colonial, don Antonio José Zamora era un rico comerciante del Apure y a esa casa siempre llegaban los Zamora cuando venían del llano o de Villa de Cura.

—Según refieren los viejos vecinos que el general Zamora estuvo varias veces en esa casa. En el año 1846, cuando las guerrillas de Guambra, después en 1856 cuando se casó con Estéfana Falcón, hermana del general Falcón y en 1858 antes de salir a Curazao. Dicen que en esa casa no hay familia que dure, porque sale un militar, según es el general Ezequiel Zamora.
—Con razón el general Carballo me la alquiló tan barata.
—Mire don Luis, a mí no me van a embaucar con ese cuento, aquí hay otra cosa y la voy a descubrir.

     El coronel se puso alerta tratando de comprobar aquella historia tan descabellada que le había contado don Luis Hermoso, pero pasaban los días y el difunto general no hacía su aparición, hasta que una tarde su hijo Jacinto Antonio le llevó un sobre que le enviaba el militar del corral, el papel escrito con una letra fina, de buenos rasgos, donde se leía claramente: “Coronel José Francisco Machuca. Necesito conversar con usted el próximo lunes, en la noche.” Sin firma, ni fecha, esto hizo que el coronel pensara en una trampa de los enemigos del gobierno. Sin embargo, dijo: “yo jamás le saco el bulto a un compromiso, así sea con espantos o con el mismo Satanás. Ya veremos el lunes”.
     Llegó el día indicado para el encuentro, el coronel desde temprano empezó sus preparativos, en primer término no le contó a nadie lo de la cita, pues si lo hacía, podían pensar que tenía miedo y no era capaz de enfrentar solo la situación. Preparó con las cargas necesarias dos revólveres Coll, su cola ‘e gallo, colocó un buen tirador dentro de la casa para protección de la familia. Su mujer le preparó un crucifijo bendito, una botellita con agua bendita y otra con cuerno de ciervo. Desde las siete de la noche se acomodó en una silla, solo, a esperar.
     A eso de las nueve de la noche, con el reflejo de la luna, el coronel ve a un militar con uniforme de general federal que se acerca, con paso firme y rápido. El coronel se pone de pie y al tener frente a frente al general Ezequiel Zamora, su instinto militar le hace poner firme y ejecutar un saludo militar.

—Descanse coronel, lo que le vengo a decir es una cuestión de honor, sólo usted me puede ayudar.
—Diga usted general.
—El general Antoñito Guzmán, mi secretario de guerra, en sus arrebatos de soberbia se llevó al panteón de la patria a un cuerpo que no era el mío. A mí me importaría un carajo ese error, pero los restos de esa sepultura del panteón son huesos de perro, no de humano. Mis despojos están en la sacristía de la iglesia parroquial de Los Teques. Coronel, haga usted las gestiones necesarias para remediar este mal y pueda descansar con dignidad. Si usted cumple con esta misión, podrá disponer del contenido de una caja de hierro donde está el tesoro que el indio Francisco José Rangel le confiscó en Yuma al Dr. Ángel Quintero. El indio me lo entregó para la revolución antes de morir.

     Dicho esto la figura se desvaneció y el coronel corrió a contar lo sucedido a su esposa.

—Luisa, lo ocurrido no puede salir de aquí, ni siquiera el guardia de confianza debe saber nada. Sólo puedo hablar y poner en conocimiento de los hechos a mi general Cipriano Castro, es el único que puede ayudar en este difícil compromiso.

     Mediante telegrama solicita la audiencia con su jefe, quien le recibe quince días después, le informa detalladamente del asunto y le solicita su cooperación para cumplir las aspiraciones del ilustre difunto, sin embargo, ladinamente no menciona para nada el tesoro del indio Rangel. Como prueba de su conversación con Zamora presenta el papel de la cita, el general Castro tiene sus dudas, sin embargo sabe de la seriedad del coronel, le dice:

—Es muy importante su relato, por la jerarquía del personaje para la causa liberal, pero debo investigar con reserva para no cometer un “papelón”.

     Los calígrafos al servicio del gobierno certifican que el papel fue escrito por el general Zamora con una extraña tinta. El general Castro solicita informes de los familiares de Zamora, del Dr. Lisandro Alvarado, biógrafo del ilustre liberal, del general Francisco Tosta García, familiar cercano del general del pueblo soberano. Todos corroboran la tesis: “los restos del panteón no son los del valiente ciudadano”. 

      Estos informes impulsan al presidente Castro a escribir un informe dedicado a la Academia Nacional de Historia titulado La verdad histórica sobre la muerte y enterramiento del general Ezequiel Zamora, fechado en Caracas, 1904. La gestión oficial no pasó de allí, por más que el coronel Machuca insistió la propuesta se quedó en el informe del presidente. Algunos académicos convencieron al general Castro de la inconveniencia política de aquella verdad, que era mejor para todos dejar las cosas así. Mientras tanto el coronel Machuca angustiado veía que el tesoro del indio Rangel se iba alejando, se le ponía muy difícil. No lo podía cobrar porque había incumplido su misión.

     El coronel empezó por su cuenta a romper y abrir huecos por todos los alrededores del tamarindo, abría un hueco y lo volvía a cerrar y nada que aparecía el tesoro. En las noches se empezó a sentir un machete que raspaban por los suelos, la ropa que se colocaba en el ropero, a la hora de dormir, amanecía en el corral, se perdían o cambiaban de lugar las ollas los cubiertos y los cuadros, era difícil dormir en aquella casa llena de extraños ruidos. A Doña Luisa no la dejaban tranquila, en un sólo día le quebraban una docena de huevos a su alrededor sin golpearla. Si continuaban en esa casa todos terminarían locos. Un día cansados del espanto, agarraron sus “corotos” y se mudaron a otra casa por la calle de la iglesita. El caserón lo compró el señor Panchito Bravo, hasta hoy nadie ha dado con el tesoro del indio Rangel. Los restos de Zamora continúan en Los Teques y en el Panteón Nacional todavía esperan por la verdad.